En el bicentenario del Museo del Prado, en Madrid

Una joven desnuda recostada sobre unos mullidos almohadones posa para el pintor. Lo mira consciente de la belleza de su cuerpo suave y luminoso y de la carga de sensualidad que emana de él. Goya lo reproduce con autenticidad y de ahí nace el escándalo. En la pintura española los desnudos femeninos escasean, pues se creía que su contemplación podía turbar a los observadores. Solo Velázquez había pintado una Venus sin velos, vista de espaldas. Pero su imagen inmersa en el mito pertenecía al mundo clásico, no era real. Goya, un siglo y medio más tarde, transgrede las reglas: la hipocresía no es propia de él, el realismo es el estilo y el contenido de su arte. Por eso su maja es una mujer viva y auténtica. Cuando un año después la retrata en la misma posición, pero vestida, sigue siendo una figura extremadamente sensual, de un erotismo natural y directo.

Goya realizó su cuadro más famoso por encargo de Godoy que le había comprado su casa de la calle de Desengaño n° 2 (imposible vivir en esa calle y no ser artista, pienso) para instalar en ella a su amante, Pepita Tudó, la maja de esta historia.

El cuadro fue tan del agrado de su dueño que al año siguiente le pidió a Goya que lo repitiera, pero esta vez con la modelo vestida. Es probable que los cuadros estuvieran colocados el uno encima del otro en el estudio del astuto ministro (Godoy) que, de esa manera, podía dejar a la vista el menos explícito y, en privado, sacar el más atrevido y habitualmente oculto, pulsando un resorte.

Goya fue denunciado a la Inquisición por haber pintado “cuadros obscenos”, pero la protección del comitente, que era propietario de una colección de desnudos más o menos secreta, lo salvó de graves problemas con la justicia.

Un siglo después de su realización, los españoles pudieron admirar finalmente la que inmediatamente se impuso como una de las obras más famosas de todo su arte nacional. Al año siguiente, 1901, los cuadros se instalaron en el Prado, donde siguen siendo la principal atracción de los visitantes.

* Tomado de “GOYA el arte de la vida y de la historia” de Ed. Serres, 1999

Nota: Agrega mi primo Antonio Blanco Dieguez – gran conocedor de la historia española – desde Vigo, que el ministro Godoy consiguió que el rey Carlos IV concediese el título de condesa a su amante, Pepita Tudó, con el curioso nombre de «Condesa de Castillo Fiel». ¿No es increíble?