Seres salvajes, rudos, los centauros, criaturas mitad hombre y mitad caballo, han protagonizado infinidad de historias de la mitología griega. Entre todos ellos, sin embargo, uno de los más famosos fue Quirón, descendiente de Cronos, a quien lo distinguía su carácter civilizado lleno de sabiduría, su inteligencia, su fraternidad. Era un gran músico y gracias a Apolo, uno de sus maestros, había adquirido también una extraordinaria habilidad en el manejo del arco y las flechas. De sus enormes cualidades una resaltaba con nitidez por sobre las demás, poseía un extenso conocimiento en el campo de la medicina.
Una hermosa estatua, a escala natural, lo recordó durante décadas al ingreso del desaparecido Centro Oncológico de Excelencia, en Gonnet. El genio de los Mainetti, grandioso cirujano el padre, médico y filósofo el hijo, no deben de haber sido ajenos a su emplazamiento.
Rescatados por las nuevas tendencias de la tecnología, la referencia a estos ejemplares míticos es hoy utilizada con mucha frecuencia. Se habla de deportes o de profesiones “centauro” para expresar la combinación de talentos propios de los humanos como la capacidad de comprender y predecir los pensamientos y sentires de otros semejantes –algo muy parecido a eso que llamamos empatía –con destrezas propias de la inteligencia artificial (IA). En muchos campos de la medicina, las máquinas están muy cerca de superar a los mejores especialistas, tanto en la efectividad de sus diagnósticos como en la precisión que exhiben en sus prescripciones. Aun así, no hay tecnología todavía que pueda reemplazar al ser humano en su capacidad de acompañar, de entender, de brindar su afecto y su calor, su sensibilidad, la señalada cuota de empatía que requiere el centauro.
Inicié los trámites para jubilarme como médico en la esfera privada a principios de mes, cancelé mi matricula profesional al día siguiente de cumplir los años y hace tiempo que me veo y considero, a mí mismo, como un ex médico, un ex cirujano, a pesar de lo cual…
Faltaba poco menos de media hora para el mediodía de ayer, miércoles, cuando estacioné mi auto en el San Juan de Dios. Gaby, el nieto mayor de Rosa, debería estar esperándome, pero no lo encontré. Ni bien entré en la guardia, un edificio amplio que luce flamante, recién inaugurado, no me resultó difícil localizar a un médico. Me presenté y le expuse el motivo de mi presencia allí. Yamila, la joven residente de guardia, con su estetoscopio colgado del cuello, me hizo señas de que la acompañara y juntos entramos a la sala.
– Ya le conseguimos la cama en Ensenada, en La Comunidad –se refería sin dudas a un establecimiento privado –, ella capita allí. Fue trasponer la doble puerta de vaivén y reconocerla de inmediato, no la veía desde hace un par de años.
– ¿Quién sos ? – me dijo Rosa, acurrucada bajo una frazada, con su voz apagada y sus ojos nublados por la ceguera casi total, secuela de una diabetes tan añeja como incontrolada. Yo mantenía su mano entre las mías después de besarle la mejilla y acariciar su cabeza totalmente cubierta de canas, cortas y tupidas.
– Alberto, soy Alberto– le dije casi en un susurro, acercando mi cara a la suya.
– ¿Alber? –exclamó la viejita – ¿sos Alberto? –repitió anhelante mientras una visible excitación recorría su cuerpo – Llevame a casa Alber, llevame a casa ahora, por favor, vos vas y me atendés ahí, como hacemos siempre…– su acento italiano, inconfundible, era el mismo que le he escuchado en los últimos sesenta años. Su vista perdida parecía querer buscarme, encontrar la respuesta afirmativa en un rostro que no podía ver, confirmar aquellos gestos que aseguraran lo que su corazón intuía, su liberación. Yamila –ya se me ha olvidado su apellido, cortito, de solo dos sílabas– y un enfermero veterano, parados junto a mí, asistían a la escena en silencio y un tanto sorprendidos.
Rosa, con una vía endovenosa colocada y la bigotera cruzándole la cara, pareció recobrar energías. Nombró de inmediato a mi viejo, su idolatrado médico de toda la vida, recordó también que yo la había operado y mencionó a mis hijos, a mis hermanos y siguió, sin dudar un instante, mientras iba largando acontecimientos y nombres, uno tras el otro, con una determinación apabullante.
Corroboré algunos indicios que me había anticipado Gaby, la noche anterior. Llevaba cinco días internada por una neumopatía y tal y como me lo acababa de informar la médica, en esos momentos estaba a punto de ser trasladada.
Pregunté, casi por inercia y mientras controlaba su pulso radial, con qué antibióticos se la estaba tratando. Obtuve por toda respuesta una sigla de tres letras, aunque mi sordera y el desconocimiento de la farmacopea actual me impidieran siquiera recordar el dato un segundo después.
– ¿Qué dosis? –seguí con mi interrogatorio como si supiera de lo que estaba hablando.
– Un gramo y medio, lo habitual –fue la replica seca, instantánea y casi pedante. Me limité a mover la cabeza tratando de dar a entender que no solo comprendía muy bien lo que me decían, también lo reafirmaba –le quedan cuatro días más, por eso la derivación, acá las camas queman, ya no podemos mantenerla más –agregó Yamila y salió de la sala, era evidente que estaba ocupada con demasiadas cuestiones a la vez.
Me quedé a solas con Rosa, volví a poner mi mano sobre su cabeza. Mi experiencia clínica me decía que se encontraba bien compensada, sin signos de infección aguda, respirando tranquila. ¿Tenía sentido que siguiera internada a los noventa y cinco?
Comenzó a quejarse por su pierna izquierda, se la movilicé con mucho cuidado, aunque no la alivié. – Alber, ayudame a girar– la rodeé con mi brazo en su espalda y lentamente la fui ayudando a quedar de costado, acomodé su almohada– Llevame a casa Alber…No quiero estar acá…Mientras reflexionaba y la miraba, en silencio, me apareció con mucha nitidez la cara de mi viejo, fue solo un instante, profundo, conmovedor, intenso. Por fin volvieron a abrirse las puertas y apareció su nieto.
– Decime una cosa Gaby, ¿tu abuela está todo el tiempo en cama mientras está en su casa?
–No, para nada, ella tiene gente que la cuida, de día y de noche, pero se levanta a comer, la sentamos en un sillón, la acompañan al baño y ahora, acá, hace cuatro días que está en esta cama y se queja que le duelen las piernas. Quiere que le traigamos torta, vos viste que la Nona es golosa, pero con la diabetes…– se interrumpió cuando observó que volvía la médica.
A esta altura no me quedaban dudas, se lo planteé sin rodeos a Yamila mientras el nieto asentía sin decir palabra. La residente se mostró algo perpleja, disconforme, argumentó que no era conveniente cortar el tratamiento y tampoco podía firmarle el alta, solo se iría bajo la exclusiva responsabilidad de quienes la llevaran. Le expliqué que la comprendía, que en su lugar, cuarenta años atrás, quizás hubiera actuado igual, le agradecí la excelente atención que había recibido y los dejé después de despedirme de Rosa, anunciarle que en un rato se volvía a su casa y prometerle que pasaría a visitarla dentro de unos días.
Esa misma tarde lo llamé a Gaby. –Acá estamos con la Nona, sentada, conversando, está muy animada. La médica me indicó que siga unos días con los antibióticos, por boca, me hizo la receta, le firmamos la historia, no parecía estar muy convencida pero…
– Gaby….
– Si Alberto, decime…
– Si te pide torta, Gaby, dejala comer torta, ya tiene noventa y cinco años….
octubre de 2019
Nota:
Me encantó Alberto! !!!!
Es un hermoso relato.
Gracias Mirta!!!
Alberto Buenas tardes, realmente haber leído esas palabras para mí es una emoción muy grande, cálculo que sabrás que sin tener a mi madre ya mi padre físicamente, la nona para mí particularmente representa muchísimo, a tal punto, que leer esas líneas con el contenido afectivo que tienen me causó un escalofrío por todo el cuerpo y lo único que puedo decirte, es gracias, gracias, no solamente a vos sino a tu padre y a tu madre, por tantos años de dedicación, de tiempo, de cariño, de profesionalismo y de cercanía a la familia.
Te mando un gran abrazo y hasta pronto
Gracias Gabriel!!! Sos uno de los protagonistas de esta historia. Abrazo muy grande!!!!
No lo conozco Dr.
Pero sepa ud que jamás dejara de serlo.
Es de esos Doctores que, saliendo si hace falta de las hipocráticas acciones, curan el el cuerpo acariciado el alma.
A la Nona si la conozco. Y ella merece «vivir». No «durar».
Vivir en el sentido mágico de la palabra, no en el científico.
Vivir en su casa, rodeada de los suyos. Entre sus cosas.
A Gabriel también lo conozco. Asi que quédese tranquilo.
Si pide torta, le va a dar torta.
Gracias Doc. Lo que escribió es maravilloso. Pero lo que hizo, es para lo que estudió tantísimos años. Y lo que ha hecho por décadas. Dio vida.
De todo corazón…Gracias.
Germán, su generoso comentario me impulsa a realizar alguna aclaración. Me gusta su textual: ”Vivir en el sentido mágico de la palabra…”, coincido en el concepto y es lo que he tratado de tener muy claro en mi vida médica.
Leyendo y releyendo el texto con mi esposa Kiki, acepto que el mismo merecería una corrección. Seguramente, como lo expreso allí, soy un ex cirujano. Nunca dejaré, en cambio, de ser médico.
Siempre me he considerado un privilegiado en este mundo por haber tenido y tener aún hoy la posibilidad de acercarme a un ser que experimenta algún dolor, angustia o sufrimiento y ser capaz, con mi sola presencia, de procurarle alivio.
Le agradezco con el corazón todo lo que me expresa en sus palabras. Abrazo