Con la esperanza de ver desaparecer -para siempre-
a los Ernie Dosio del planeta*
No recuerdo bien quién hizo la pregunta, para mí que fue el Rulo, aunque, como insiste Nachito, puede ser que haya sido González Sable, de todas maneras el detalle no tiene importancia. Lo que sí tengo muy presente es que estábamos todos ahí, expectantes, ansiosos, mordiéndonos los codos mientras esperábamos el regreso del viejo.
La cosa había comenzado más temprano ni bien llegamos a la casona de Casullo y estacionamos los autos, uno atrás del otro, sobre una callecita de piedras que parece meterse en el lago. Rulo, Gaby y los chicos se fueron para adentro enseguida, seguro que para no perderle pisada al coronel y su señora que son buenos amigos de los dueños de casa.
La Negra y Guille se quedaron afuera con nosotros y nos sacaron unas cuantas fotos, ya casi en penumbras, mientras intercambiábamos lugares con la Flaca, Lucita y Potocho. Siempre me han reventado soberanamente las pelotas las fotos posadas: «que ponete acá, que correte allí, que sonreí, que decí guisky», pero bueno, por fin íbamos a conocer a Casullo, su mansión y sus historias y eso nos predisponía de manera especial.
Entramos y subimos la escalera alfombrada que es descomunal, como si fuera el ingreso de un salón de fiestas. Ahí comenzó el asombro, con las cabezas de ciervo y de otros bichos embalsamados que adornan los veintipico de escalones que tiene el trayecto.
«Esto no es nada -repetía Norita-ya van a ver todo lo que hay adentro». A propósito, esa noche ella me confesó que era la primera vez que pisaba la casa del viejo. Desde chiquita podría haberlo acompañado a su papá, pero el tema de los trofeos la impresionaba, le daba cosita y también -me imagino- le resultaba indigerible.
No los voy a aburrir describiendo los varios salones que recorrimos con minuciosidad, azorados por ver tantos animales embalsamados de todos los tipos, tamaños y colores, colgados de todas las paredes y los techos. También peces inmensos como un marlín o quizás -pienso ahora- fuera un pez espada, igual a aquel que pescara Spencer Tracy en El viejo y el mar.
Muy cerca de una piel de tigre, “de Sumatra” me aclaró el viejo mientras me estrechaba la mano, me detuve junto a una enorme estufa de piedra. Sobre ella, una cabeza de elefante imponente, jaqueada por un par de cebras, remataban el más espectacular de los ambientes.
Don Luis o Luisito, así lo llaman en confianza los amigos a Casullo, se paseaba moviendo el vaso de whisky en su mano derecha sin detenerse demasiado, ajeno a las conversaciones. De tanto en tanto, se arrimaba a la mesa de estilo colonial y se manducaba algún cayo de vieyra, una colorida y picante brusqueta o una penca con queso y caviar. El Bauti, Dieguito, Nacho y yo no nos dábamos tregua, tenedor en mano, y no paramos hasta no vaciar todos los recipientes.
Aplacadas el hambre y la sed, saciada en parte nuestra curiosidad por todo aquello que veíamos, llegó el momento de sentarnos, en rueda, rodeándolo al viejo.
Él se dejó caer sobre una amplio Berger grandfather tapizado con una piel de vaya a saber qué bicho y nosotros hicimos lo propio acomodándonos en alfombras, sillas, sillones o cosas por el estilo como el puff hecho de pata de elefante que le tocó en suerte al Rulo. Habíamos quedado sólo los varones con un trago en las manos, las mujeres con los chicos se entretenían charlando en el quincho.
Sin soltar el vaso, Don Luis sacó un habano del bolsillo superior de su chaqueta bordado con el distintivo del Safari Club Internacional y lo prendió con el fuego que le ofreció su nieto, siempre muy cerca de él ayudándolo en todo. Se echó hacia atrás y estiró las piernas, las cortitas piernas. Sabía, canchero, que todos estábamos esperando sus relatos pero su cara no trasuntaba emoción alguna.
Guille, curioso como lo conocemos, arrancó con lo suyo: “Don Luis, usted debe tener miles de anécdotas pero, de cazador a cazador, ¿alguna vez tuvo algún accidente, un percance serio?”.
“Bueno, vea, una vez un bisonte se me vino encima y casi nos mata, a mí y a los otros” empezó Casullo, para continuar sin mucho interés “aunque la vez que más jodida la pasamos fue con un león con el que nos topamos de improviso a unos setenta metros…”
-¿Un león don Luis?, ¿y qué pasó?, cuéntenos qué pasó- reaccionamos a coro, entusiasmados.
El viejo carraspeó, apuro un trago, respiró profundo y comenzó el relato, lento, con voz grave y un poco pastosa.
«Fue hace muchísimos años, yo creo que como cuarenta. Estábamos en Kasawa, un pueblo en el norte de Zambia, abajo del Congo. Hacía unos días que viajábamos. Seguíamos el valle del río Luangwa, en el corazón de la sabana africana. Nos movíamos en una camioneta medio destartalada con tracción integral que manejaba el profesional, un lugareño que te organiza la salida y te protege si fallás tu tiro, yo a su lado con mis armas y dos negritos tirando a betún sentados atrás que nos asistían en toda la excursión. Sabíamos que estábamos en el territorio de la manada del Msoro Monty, un león antropófago…»
«¿Antropófago dijo, Don Luis?»
«Sí, antropófago. Se les llama así a los leones que al haber probado carne humana buscan luego atacar a personas, ha habido como cinco o seis casos famosos. Hubo uno incluso que se adentraba en el pueblo llevando en su boca un atado de ropa sucia, resto de alguna de sus víctimas.»
«Se los conocía como los devoradores de hombres de Tsavo, por el río de Kenia que lleva ese nombre y las matanzas de obreros ferroviarios que ocurrieron allí. Existen muchas interpretaciones al respecto: a varios de esos leones, que se han cobrado centenares de vidas humanas en el último siglo, se les encontraron caries con abscesos dentarios, eso explicaría que a la hora de morder una presa les resulte más tolerable la carne de cristianos que la más dura de otros animales.»
Casullo detuvo el relato unos segundos, pitó con fuerza su habano dejando escapar una espesa bocanada de humo y se dispuso a seguir con su historia. Nos miramos sin cruzar palabra, poco a poco nos íbamos enganchando y sabíamos que ahora nosotros éramos sus presas.
No es que uno no tenga opinión formada sobre la caza de animales, todo lo contrario, con seguridad la mayoría deploramos que alguien pueda matar con tanta impunidad para saciar su instinto, para llenarse de trofeos. Es algo que a mí, en particular, me resulta muy desagradable, sencillamente incomprensible. Sucede también que la mayoría, al menos los varones, solemos disociarnos y la curiosidad de estar ante un personaje de este tipo nos lleva a preguntarle y escucharlo. ¿Quién puede permanecer indiferente ante un tipo que te cuenta que ha cazado de todo o que se enfrentó a un león asesino en el medio del África?
«Como les decía -prosiguió el viejo- hacía unos días que le veníamos siguiendo el rastro a la manada. De pronto, a poco menos de una cuadra se nos apareció el león. Era un animal hermoso, imponente, un macho joven de no más de cinco o seis años. De pelaje más claro y un tamaño mayor que el habitual, como suelen presentarse los comedores de hombres, su figura se recortaba erguida sobre una roca delante de un pequeño bosque, muy cerca del sendero por el que transitábamos.»
«Los primeros en verlo fueron los negritos que, muy asustados, empezaron a gritar algo incomprensible, ¨Msoro, es Msoro Monty¨ me aclaró de inmediato el profesional. Yo ya tensaba mis manos sobre el rifle, un 375 hache y hache que todavía conservo» – ¨se refiere a un Holland and Holland calibre 375 magnum, un rifle de cerrojo, muy preciso y potente¨ me susurró al oído el mayor sentado sobre una banqueta tapizada con cuero de gacela.
«El profesional detuvo el vehículo dejándome el perfil adecuado para mi disparo -continuó Don Luis. -Me incorporé sobre mi asiento y apoyé el cañón del rifle sobre el soporte de la toldilla tratando de colocar al animal en el centro del visor de cuatro aumentos, el que uso siempre en cazas peligrosas que necesitan de un enfoque rápido. Lo habitual es tirar a mano alzada y el arma viene preparada para ello pero aquí la situación me permitía asegurarme más. El león pareció advertir nuestros aprestos. Comenzó con un ronquido, al principio suave, pero éste creció en intensidad hasta dar paso a un rugido espantoso, grave y largo, seguido de otros más cortos. Elevó su cabeza y desplegó su inmensa melena. Debería de escucharse a unos cuantos kilómetros. Nosotros estábamos estacionados calculo que a unos cincuenta metros.»
“Ahora” me indicó mi asistente. Tensé el índice derecho y comencé a jalar despaciosamente del gatillo, tras la explosión seca el león pareció dar un respingo, se arrodilló durante unos segundos en los que nosotros permanecimos inmóviles y en silencio, observándolo; al cabo de los mismos se abalanzó y comenzó su carrera hacia la camioneta, primero a un trote fuerte y luego dando enormes saltos. Sorprendido me dejé caer en la butaca, solté el rifle y tomé mi Colt Python 357 Magnum, un revólver español de 6 pulgadas, parecido al Smith y Wesson del que no me despego jamás, vaya donde vaya. detrás mío, el profesional colocó su escopeta del doce cargada con postas apuntando por encima de mi hombro.»
«En menos tiempo del que tardo en contarlo, la bestia aterrizó a los pies de mi puerta. Pareció detenerse entonces pero se incorporó y apoyó sus manazas sobre el borde de la misma, estacionándome sus fauces a menos de medio metro de mi cara. Advertí en ese momento que le sangraba la paleta izquierda, había errado mi disparo por veinte centímetros, treinta a lo sumo. Yo estaba petrificado, sentía en mis oídos el zumbido que provoca la adrenalina cuando se vuelca generosa dentro de la sangre, sabía que el profesional lo tenía en su mira e intuía que los negritos habían desaparecido, aterrorizados, probablemente tirados en el piso.»
«Les aseguro que nunca, en tantas y tantas aventuras que llevo sobre el lomo, estuve en una situación así. Monty también se mantenía quieto, quizás algo desconcertado, con su boca inmensa, abierta. Dejaba ver sus terribles colmillos y los otros dientes tan intimidantes como amarillentos. Jadeaba y ronroneaba, salpicándome con la saliva que corría generosa por su lengua, meneaba suavemente su cabeza rozándome con su melena y su aliento tórrido me quemaba la cara. Con un movimiento continuo pero imperceptible levanté muy despacito mi revólver…»
En este punto del relato, era tal la atención con la que escuchábamos al viejo que no advertimos el ingreso de su nieto, sólo lo vimos cuando se aproximó a su oído: “Abuelo, lo llaman desde Buenos Aires, debe ser algo importante porque me insisten con que los atienda” dicho esto con voz más bien alta a causa de la sordera de Casullo.
El viejo se incorporó con las dificultades propias de su edad y salió de la estancia. Arrastraba los pies. El clima de tensión y suspenso que su relato había generado nos mantuvo en silencio unos pocos segundos, al instante hablábamos todos a la vez y superponíamos nuestros comentarios. Nachito, Guille y Bauti parecían los más excitados; los militares, por su parte, se mostraban calmos, acostumbrados sin dudas a las aventuras.
La ausencia de don Luis se prolongó más de lo esperado. Tardó largos minutos en volver. Se sentó con toda parsimonia en su sillón, estiró nuevamente sus piernas, prendió lo que le quedaba de su habano y nos miró sin vernos, con expresión de nada. Estaba ausente, como si alguna noticia lo hubiese perturbado. Se mantuvo en silencio, fumaba. Todo el grupo, mientras, aguardaba con impaciencia que retomara el relato.
-¿Y Luisito?- lo interpeló por fin el coronel.
-¿Perdón?- pareció sacudirse el letargo. Fijaba la mirada en su interlocutor.
-¿Qué pasó, don Luis?- terció, entonces, Guillermo.
-Nada, nada, cosas de la empresa, nada importante.
-No don Luis, le preguntamos qué pasó con su historia
-¿Mi historia?, ¿qué historia?
-La que nos estaba contando Don Luis, la de la bestia comehombres que se le vino encima y le puso las dos manos apoyadas en la ventanilla- intervino Rodriguez Cometa, un funcionario de aduanas jubilado, frecuentador de esas tertulias, según me refirieron luego.
-¿Ehh…?- el viejo parecía estar en babia, con sus ojos vacíos como si una gran nube llenara su cerebro.
-La que tenía la boca abierta, muy muy cerca suyo- Fernández Winchester, gran gesticulador, hablaba y agitaba sus manos delante de la cara – la que le mostraba los dientes y le chorreaba saliva por la lengua, la que meneaba la cabeza pasándole los pelos por los ojos; ah, y el aliento caliente, muy caliente, quemándole la cara…- esto último al viejo pareció sacudirlo, una expresión vivaz le afloró en el rostro y volvió entonces el brillo a su mirada.
-Ahhh…sí, sí, ya sé…- interrumpió – el aliento en mi cara, Dios mío, eso era tremendo
-¿Y qué hizo entonces Casullo? ¿Qué hizo?- saltó al borde del paroxismo el Rulo aunque admito, ya lo dije, quizás la pregunta haya sido de González Sable.
-Bueno…, a ver…- titubeaba. Daba la impresión de que no se animaba a seguir.
-¿Qué hiciste, Luisito?, por favor ¿qué hiciste?, ¿qué fue lo que pasó?- lo apuró con tono imperativo el pelado sentado a mi derecha que parecía ser bastante amigo.
-¿Y qué iba a hacer?, ¿qué hubieran hecho ustedes?, ¿Qué querían que hiciera con esa boca abierta chorreándole saliva, con sus pelos encima de mis ojos y el aliento caliente, que hervía, quemándome la cara? ¡Me la cogí, viejo! ¡Me la cogí!
*Nota del autor: Ayer, 24 de abril, en Gabón, Ernie Dosio, de 75 años y dueño del viñedo Pacifix Agrilands de California, murió aplastado por una manada de elefantas que defendían su cría. Poseía una vasta experiencia de décadas cazando elefantes, leopardos, rinocerontes, búfalos y leones en toda África, mientras que en Estados Unidos había cazado a casi todas las especies de ciervos salvajes. La noticia, me recordó que en 2014 fuimos invitados -junto a otros familiares- a compartir una cena a orillas del lago Lolog en la residencia de un personaje de características tan oscuras como semejantes a las del americano muerto ahora en África.
Este relato fue publicado en LUZ MAGENTA y otras historias de Ed. Scotti, en 2016.