a propósito de “El 3 de mayo en Madrid” de Francisco de Goya

Los días 2 y 3 de mayo de 1808 son los más dramáticos de todas las vicisitudes del paso de los franceses en España: la familia real ha sido convocada por Napoleón, pero cuando Murat, su lugarteniente, ordena que los infantes también sean conducidos a la frontera, una sacudida recorre el país. Los Borbones no son queridos, pero el pueblo no puede tolerar que los extranjeros dicten su ley. La insurrección estalla con violencia; al día siguiente los franceses dominan de nuevo la situación, toman posesión del tribunal militar y los insurgentes son fusilados por centenares. Basta ser detenido con un arma encima para ser ajusticiado de inmediato. Goya documenta esta absurda atrocidad. El cuadro se convierte en el símbolo de la humanidad oprimida por la violencia: es un grito, un manifiesto, como lo será en el siglo XX el Guernica de Picasso.*

Tuve la fortuna, en octubre del 95, en mi primera visita a Madrid y a su imponente Museo del Prado, de entrar a uno de los salones dedicados a Francisco de Goya (1746-1828) en el preciso momento que un contingente de estudiantes secundarios de Tarragona escuchaba, con muchísima atención, las explicaciones que, sobre las obras del genial artista, les entregaba su profesor de Historia del Arte. En determinado momento se detuvieron (yo hice lo mismo, no quería perderme una palabra) ante el inmenso lienzo (óleo sobre tela de 266 x 345 cms.) “El 3 de mayo en Madrid”, conocido también como “Los fusilamientos en la montaña del Príncipe Pío” o “Los fusilamientos del tres de mayo”. Puedo asegurarles que recibí, en esos minutos, una de las más inolvidables clases de todas las que haya podido disfrutar en mi vida.

Alude la obra a los trágicos sucesos de 1808, en Madrid. En la madrugada del 3 de mayo, los franceses fusilaron, en varios puntos de esa ciudad, a los patriotas detenidos tras su alzamiento del día anterior contra las tropas francesas, de paso a Portugal. Los madrileños, con armas improvisadas, intentaron detener la salida de Palacio del último de los infantes, don Francisco de Paula, el menor de los hijos de Carlos IV y María Luisa, que iba a ser conducido a Burdeos para reunirse con sus padres.

La “revolución” de Madrid determinó el estallido de la guerra contra Napoleón. La represión del ejército francés, deteniendo y ejecutando indiscriminadamente a inocentes y culpables, reveló de inmediato a los ojos de todos lo sanguinario y cruel del enfrentamiento, sin cuartel, que había dado comienzo ese día entre españoles y franceses.

Observemos el cuadro: sobre el trasfondo de una ciudad espectral, la matanza se produce a la luz de una linterna cúbica que arroja su amarillenta luz sobre las víctimas aterrorizadas. A su alrededor reina la oscuridad de la noche que es también el sueño de la razón. Toda la atención se concentra en la camisa blanca del hombre que, con los brazos levantados, está a punto de ser sacrificado: es una luz altamente simbólica, pero el artista no se complace en observar el bello efecto de claroscuro o de color que consigue crear con su pintura. Al contrario, representa una escena de cruel realismo, de esas que uno jamás desearía ver, pero que han ocurrido y, por consiguiente, se tienen que mostrar, denunciar y condenar.*

Comencemos por analizar el pelotón de arcabuceros, no se distinguen sus facciones, los verdugos no tienen rostro, la represión carece de él.

Detengamos ahora la mirada en el personaje central: quizás esté gritando, en ese instante, “¡Viva España!”, no lo sabemos, con la camisa blanca y sus brazos abiertos, su mirada de horror, es cierto, pero parado ante la inminencia de su muerte con una tremenda dignidad. A su derecha, algunos imploran clemencia o muestran su resignación, o su arrepentimiento. A su izquierda, ascendiendo, otros se tapan el rostro, no se animan a enfrentar su destino fatal.

En el piso, por último, un hombre ha caído bajo los disparos de los franceses: entre la sangre y el barro, con sus manos extendidas, ha perdido su identidad y es uno de los muchos cuerpos que quedan en el suelo después de un atroz enfrentamiento.

He reflexionado muchas veces sobre lo que Goya ha querido mostrarnos en esta pintura. También he utilizado estos argumentos en diferentes charlas y para hablarle, en ocasiones, a los estudiantes, cuando tuve la oportunidad de ejercer la docencia. Tengo la certeza que, como pocas, nos brinda la posibilidad de cuestionarnos acerca de la importancia que supone, en la vida, también ante el supremo trance de la muerte, tener una actitud.

* Textos tomados de “GOYA, el arte de la vida y de la historia” de Ed. Serres, 1999.