Breve crónica de un viaje en 2018 que cuenta amores de maleta y de cómo una inocente israelí principió a ser una arrastrada para acabar siendo una perdida.

                     

                  Es hermoso viajar, conocer otros lugares, otra gente. Estimula, nos hace crecer, nos renueva, nos genera muchas sensaciones… y a los pajueranos como yo, nos hace chorrear la adrenalina, mucha adrenalina.

Tel Aviv, jueves 12 de julio, 18 hs

                 Aquí estamos con Kiki y con Julián, sentados en un Mc Donald’s de Tel Aviv tratando de recuperar nuestros latidos, nuestra respiración, nuestra serenidad, y yo con Kike muy pegada a mi pierna izquierda mientras con la mano derecha escribo y con la otra la sostengo fuertemente agarrada de una de sus manijas.

                 Aclaro, Kike no es Kiki, mi esposa, no, es una maleta amplia y muy bonita que compramos hace una hora en alguno de los mil negocios que hay en este shopping.

                 “La dejamos aquí y la pasamos a buscar antes de salir” fue nuestra propuesta, el vendedor comprendió de inmediato, un tipo despierto, le preguntó su nombre a mi esposa y abrochó un primoroso cartel en papel rosa (como corresponde a una dama) en la valija. Prolijamente escrito con un marcador grueso, podía leerse en él: “KIKE”.

                  Salimos rápido y con el objetivo de encontrar la bendita casa de hamburguesas que tanto le gustan a Julián. Primero creo que fue una escalera mecánica hacia arriba, dos saltos entusiastas y nos trepamos a otra más angosta…

                  “Allá”, “allá”, nos conducía excitado Julián, casi nos hacía correr por los pasillos siempre ondulantes. “¡Paren!”, “¡No!” nos detuvo preocupada Kiki, mi esposa “¿cómo vamos a volver a buscar la valija?, yo ya estoy perdida.” “Es para abajo”, ordenó Julián, con esa seguridad que me exaspera. “No, recién subimos, pero antes bajamos dos, es por allá”, retruqué yo sin una molécula de convicción.

                    Dos horas y media subiendo y bajando, escaleras mecánicas y no, rectas y en caracol, anchas y angostas, mostrando a todos la tarjetita del negocio y obteniendo siempre la misma respuesta desalentadora: meneo a uno y otro lado de cabeza, hombros encogidos y “no” en hebreo, inglés, árabe o vaya uno a saber en qué carajo hablaban.

                    ¡Qué laberinto tan hijo de puta! De pedo, de puro pedo, nos topamos en una de las vueltas con lo que habíamos buscado durante algunas horas.

                    Entré, me zambullí, manoteé a Kike y salí sobrador, un güiner.

                    Se las hago corta, me puse a escribir con mi teléfono, no podía dejar pasar la inspiración. “Vayan a dar una vuelta, a mirar algo, yo me quedo un ratito y luego vuelven a buscarme.”

jueves 12 de julio, 22 hs

                    Acá sigo sentado, estoy empezando a preocuparme. Hace cuatro o cinco horas que se fueron, pasan un montón de empleados limpiando los pisos, yo no me muevo y levanto las piernas permitiéndoles que pasen el cepillo, muchos negocios apagan sus luces y me parece que ya están cerrando. Hace rato que me he quedado solo y alguno de los pocos que quedan a esta hora, cada tanto, me mira con cara de asombro.

                    Comienzo a sentir un poquito, solo un poquito de angustia, alcanzo a ver alguno de Seguridad, de vez en cuando.

                    El murmullo ha desaparecido, también la música, las voces…

jueves 12 de julio, 22.40 hs

                     El tiempo corre sin prisa, pero corre, yo acá sigo confiado en que aparezcan Kiki y Julián, mientras me abrazo muy fuerte con Kike…

                     ¡Qué lo parió!, ¡qué lindo es viajar!

                     De todas maneras, quiero confesarles una cosa:  los extraño mucho, a los dos, pero he observado, en estas pocas horas, que a Kike la llevo para donde quiero, solo se queja un poco con sus rueditas si agarramos por lo desparejo, pero es más fácil, mucho más modosita.

                      Me estoy enamorando….

viernes 13 de julio, 4.30 hs

                      Salimos del shopping bien entrada la noche. Hicimos unas dos cuadras un poco titubeantes, las veredas angostas y nuestras timideces ayudaron a eso. Pero fue llegar a la esquina del teatro, en la punta misma de Rothschild, para sumergirnos en ese boulevard y empezar la caminata más increíblemente seductora de mi vida (para serles sincero no tengo muchas cuadras caminadas en el terreno amoroso).

Yo la llevaba con la punta de los dedos y ella, tan dócil como pícara, me iba enamorando con el suave contoneo de sus caderas anchas acompasadas por el movimiento de las cuatro rueditas. De cuadra en cuadra, cambiando de mano, la levantaba y la sostenía con firmeza, se dejaba llevar, sumisa, liviana, provocándome en cada roce de su tela exquisita con mis muslos.

                         Seguimos caminando juntitos, atravesamos Neve Tzedek, sus negocios refinados y antiguos, sus coloridas galerías de arte y llegamos al mar. La brisa fresca, el entusiasmo juvenil adquirido esta noche y la comunión así establecida nos depositó en Jaffa, en el antiguo puerto al sur de la ciudad. Pasamos la mezquita, escuchamos llamar a la oración y nos perdimos en sus boliches ruidosos y regados de alcohol.

                         No podría precisarles a qué hora ni como volvimos al departamento, solo recuerdo que la deposité en el suelo, cerca de un sillón y que para entonces ya había buceado en su interior, hurgado en sus bolsillos y además conocía su combinación.

                         Caminé unos pasos hasta la cocina, buscaba algo fresco con que calmar mi sed y fue en ese momento que escuché los pasos y, sobresaltado, vi abrirse la puerta. Julián creo que no nos registró, ni a mí ni a ella, abstraído como caminan todos los pendejos metidos dentro de sus celulares; Kiki sí, y su cara no era de las mejores.

                          Kike observaba todo desde el suelo, inmóvil, inerme, con toda seguridad incómoda la pobrecita con sus cierres a medio bajar.

                          -Hace ocho horas que te estamos buscando, ¿dónde te metiste?

                          Yo solo atinaba a levantar los hombros.

                          -Ya estaba pensando en comunicarme con el Consulado… ¿Y ésta qué hace acá? – señalando con su índice terriblemente acusador hacia donde Kike, en su desconcierto, intentaba hacerse la disimulada.

                           – Elegí, ¿ella o yo?

                           – Eeeeeehhhhh…

                           – ¿No me escuchaste? Decidite, ¿esta asquerosa o yo?

                           – Eeeeehhhhhh…

                           – ¡Despachala!

                           La despaché, Kiki no me dejaba muchas opciones.  Ahora reflexiono y pienso que hice bien, comenzaba a comportarse de una manera incómoda.

 París, domingo 15 de julio, 20 hs.

Los franceses acaban de consagrarse campeones del mundo en fútbol

                           Sentado en el lobby de mi hotelito en Montparnasse, junto a un inmenso ventanal.

                           Afuera París es una fiesta, las bocinas no paran de sonar, miles y miles de personas pasan envueltas en banderas, con pelucas, anteojos, brazaletes o caras pintadas con los tres colores que hoy cubren el planeta.

                            “¡Allez les bleus!” gritan desde los autos y las motos, “¡vive la France!” contesta una viejita en la vereda del hotel, agitando su banderita roja, azul y blanca.

                             Paris es una fiesta, sí, pero mi corazón sufre en silencio. Cuarenta y ocho horas han pasado ya desde que abandonamos Tel Aviv.

                             Entiendo que la actitud de Kiki fue muy áspera, que la pobrecita no se la esperaba, que fui yo el inmaduro saltimbanqui que la embarcó en esta aventura, pero… aunque simulé sentar cabeza (una vez más) aceptando sin reparos el brusco corte de la relación, la procesión seguía dentro mío.

                             Escribo procesión y pienso, combate a muerte tendría que decir. Con Kiki todo bien, la adoro, es hermosa, inteligente, cariñosa, tenemos a Juli, un sol (con tormentas solares incluidas, producto de sus trece añitos), pero con ella todo es diferente, es fuego, es pasión sobre cuatro rueditas.

                             Yo descontaba que, a nuestro modo, de alguna manera, seguiríamos cerca, alimentando esta locura irrefrenable. Por eso sonreí para mis adentros cuando la vi deslizarse en el aeropuerto israelí, esquivando los vehículos que cruzan en todas direcciones la pista y estaba seguro que, en un descuido, se había zambullido dentro de la panza del Airbus.

                              Esperarla al pie de la cinta, en el aeropuerto Charles De Gaulle, inventando todo tipo de pretextos para que mi esposa no entrara en sospechas, fue un trabajo duro…y decepcionante. Resignado, cabizbajo, desintegrándome por dentro tuve que, al cabo de dos horas, aceptar subirme en el taxi que nos trajo hasta acá.

                               Como les contaba al principio, cuarenta y ocho horas hace que la espero, sufriendo en silencio, fingiendo interesarme por Les invalides, Sacré Coeur, el ascenso a la tour Eiffel o un retratito en Montmartre. Pero no, mi corazón y mi cabeza están en otra parte.

                               Baja Kiki, habla unas palabras en inglés con el conserje que llama a alguien por teléfono, parece que es a Air France. Se dirige a mi esposa: “La han localizado, está en Grecia” le informa, esta vez en francés.

                               Yo escucho a lo lejos, haciéndome el desentendido. Me retuerzo por dentro, “hija de mil putas” pienso, “son todas iguales”, aunque por fuera guardo la compostura.

                               Me dejó en pelotas, sin remeras, piyama, zapatos, sin un calzoncillo (hace dos días que tengo puesto el mismo esperando el milagro).

                               Ahora me entero que Kike está en Atenas, o quizás … ¿y si estuviese en Mykonos?, ¡ay no, por Dios!, con tanta gente rara que anda por ahí dando vueltas, mejor que ni lo piense. De algo si estoy bien seguro, se llevó casi toda mi ropa. La intuyo fetichista y un montón de nubarrones me inundan la cabeza.

                              Me siento desnudo y mal, muy mal, a pesar de que hoy París es una fiesta.

                               ¡Allez les bleus!

Lunes 16 de julio, 17 hs

                                Mirándolo desde otra perspectiva, he tomado el toro por las astas (o a la colorada por su mango telescópico). Aprovechando mi estadía en París y en busca de algún consuelo, me metí en las galerías Lafayette y no me dirás que no te lo había anticipado Kike, soy hombre de una sola maleta y esperé por vos cuatro largos días con sus más largas noches. ¡Au revoir Kike!, ya fuiste.

                                Mi nuevo amor, la colorada, se llama Agustina, y quién te dice que juntos no nos apropiemos, algún día, de la fábrica de hacer billetes.

Londres, miércoles 18 de julio, 11.43 hs

                               Estación de trenes de St. Pancras, en Londres. Acabamos de llegar desde París y aprovecho que, por un momento, la Colo me ha dado la espalda y está distraída vaya uno a saber con qué. Estiro mi cogote por detrás de ella y pispeo, imploro que no se le ocurra aparecer a Kike, se me junte el ganado (o el maleterío) y estas terminen haciéndome un escándalo en público.

miércoles 18 de julio, 15 hs

                               He acudido a mis contactos de Argentina. La investigación a cargo de Interpol, me informa, da cuenta, que la vieron a Kike en una cinta transportadora de equipaje abalanzándose sobre un bolso negro, bien grande, con un cartelito que decía «Mbappé». Agrega, la calificada fuente, que en un descuido de quienes la seguían, desapareció. El bolso negro también.

                               Se ubicarme y aceptar cuando pierdo. Al menos se fue con un campeón mundial. Por otro lado, les digo a quienes gustan de la burla fácil, no me afectan en nada sus risas forzadas, sus pullas, tampoco pido compasión, perdí en la cancha jugándome hasta el último minuto y eso se valora.

miércoles 18 de julio, 19 hs

                               Una semana larga desde que la perdí de vista en Tel Aviv, supe que anduvo por Grecia, hoy llegó a Londres. Nos dio la sorpresa al regresar los tres a nuestro hotel, estaba en el lobby, medio escondida atrás de unos sillones. Se la notaba ojerosa, cansada, y aunque ella no lo manifestara, profundamente arrepentida.

                                Yo nunca he sido un tipo rencoroso y Kiki es una mina de cabeza amplia, moderna. No sé aún si esto marca el final de la historia….

                                Solo se me ocurre contarles que mi mujercita reniega insistiendo con que esta pobre ha sido violada repetidamente, yo no acuso recibo, me vuela la cabeza, trato de imaginar que esta noche con Kiki, Kike y la Colorada podré por fin conocer de qué se trata un ménage à quatre.

Madrid, viernes 27 de julio

                                Lo supe, lo intuí ni bien tuve noticias de que la habían encontrado en Atenas. El affaire con Mbappé confirmó mis sospechas. Kike no era la niña inocente que algún día soñé, quizás no lo fue nunca y solo mi imaginación ingenua y aniñada pretendió que lo era. Desde que volvió, la cosa fue de mal en peor.

                                Una salida furtiva, a escondidas de Kiki, apenas unos metros sobre los gastados adoquines de la ciudad vieja de Santiago de Compostela me situaron en la realidad. Caprichosa, chueca, con las ruedas torcidas y dejándose llevar de mala gana sacó de mí los peores sentimientos. Volvimos pronto al hotel y en un rapto de furia le arranqué, sin piedad, los candaditos dorados que había colgado de sus cierres, aquellos que me habían enamorado con sus brillos y su tintineo durante nuestro paseo nocturno por las ahora lejanas Tel Aviv y Jaffa.

                                Solo por la insistencia familiar, aunque les confieso que no existía dentro mío ni la más mínima esperanza, para complacerlos y brindarle a ella una remota posibilidad, acepté dejarla veinticuatro horas en Lampazas do O Rubiao, un pueblito del Ayuntamiento de Esgos, en el corazón de Orense. “La paz y el silencio que reinan acá harán que reflexione y la compañía de la tía Temita que ya sabes, es una furiosa revolucionaria, la pondrán en vereda, volverá a ser la de antes. Quizás sería bueno que pudieras sacar de su interior algunos rollos (la ropa usada, sucia, se va acumulando y agregando peso), sin dudas eso la aliviaría” me alentaron Antonio y Chus, mis queridísimos primos gallegos.

                                 Todo fue en vano. Ayer bajamos del tren en Chamartín y dentro mío atesoraba ya la decisión. A duras penas, a los empujones, logré subirla al ascensor en el hostal, un cubículo mínimo, muy escaso, hermético, que hubiera desatado todos mis instintos quince días atrás.

                                 Anoche me horrorizó su cercanía, me provocó náuseas el simple contacto del roce con mi cuerpo. Le dí la espalda, no soportaba la visión de su silueta otrora esbelta, hoy desvencijada.

                                 Fue llegar al cuarto, guiñarle un ojo a la Colo por detrás de mi esposa e inventar una excusa pueril para volver a la calle con Kike. La arrastré unos metros por la placita de Santo Domingo y de mala gana subimos a un taxi. Recorrimos apenas unas cuadras hasta caer en la Puerta del Sol.

                                 “Deténgase aquí, por favor” le ordené al chofer.

                                  Descendimos, la llevaba a la rastra, me hacía retranca, se ponía en falsa escuadra, con su cogote de aluminio retorcido que imploraba el perdón.

                                  No voy a decir que no sufrí, sería muy falso si lo hiciera, tampoco negar que incluso tuve algún momento de vacilación, pero no, a pocos metros de la estatua ecuestre de Carlos III me topé con un círculo de mujeres de todas las edades, también algún travesti.

                                   Sentadas en el suelo y megáfono en mano debatían con entusiasmo y energía la problemática de género. Las rodeaban pancartas con inscripciones como: “FALTAN LAS ASESINADAS” (apoyada en el respaldo de una silla del que colgaba, a cada uno de los lados, un par de zapatillas), “SI NO DIGO SI, ES NO” o “UNA SOLA VA MÁS RÁPIDO, PERO JUNTAS LLEGAMOS MÁS LEJOS”.

                                  Miré con disimulo el reloj, había pasado ya la medianoche y faltaban muy pocos minutos para la una de la madrugada. “Estas colifas me vienen al pelo, la van a contener” pensé. “Es el momento justo, también el lugar”, me repetía para mis adentros, dándome coraje. Deposité a Kike sin llamar la atención y logré camuflarla entre unos carteles.

“¡Repudiamos a la justicia y al capitalismo, acabaran con nosotras!” vociferaba en esos momentos una flaca con jardinero de jean y el pelo muy cortito.

                                 Tal como lo había calculado, Kike se distrajo un instante, lo suficiente para que yo corriera como loco dos cuadras hasta la Gran Vía. Volví mi cabeza un par de veces para asegurarme que no me seguía, también para ver que dos o tres morochos de ropa colorinche se habían abalanzado sobre ella y se la disputaban tironeándola de las manijas.

                                  Sabiéndome a salvo, respiré bien profundo, recuperé el aire, suspiré, me acomodé la ropa y me volví caminando despacito al hostal. Estaba satisfecho, pero por sobre todo, con la conciencia muy tranquila. Ya se lo había anticipado en su momento a Kike: soy hombre de una sola maleta, también de una sola conducta…la peor.