artículo escrito el 27 de octubre de 2010

La mañana soleada y una censista que pasó temprano construyen pronto la certeza de un día que se hará pesado, largo, aburrido. Un teléfono que se deja sonar en la pereza y la intuición de que nada sorpresivo puede acontecer hoy nos trae, sin embargo, al levantar el tubo, la novedad que sacude, conmociona y despierta una y mil sensaciones.

Se pone en juego un frenético zapping de quince minutos, o quizás media hora, intercalado con sitios de noticias en la compu, algún mate lavado y nuevos llamados telefónicos, algunos hechos, otros recibidos. Pasado este breve tiempo, uno tiene la idea de conocer ya todo cuanto puede ser dicho en esta circunstancia y sus cavilaciones oscilan desde ¿laburaré mañana? a ¿para dónde joraca se encaminará ahora este país?, pregunta ésta que, inexorablemente, cada uno en su casa se habrá hecho y que confirma, de manera inequívoca, por sí sola, el doble comando y la tremenda fragilidad institucional en la que estamos sumergidos.

Llegados a este punto, los que hemos alcanzado o superado los años del finado, habremos de ingresar -sabedores de que todos tenemos boleto en ese viaje- en la fantasiosa reconstrucción de la partida. Imaginaremos entonces cómo puede haber sido el ascenso o el descenso -según los gustos y creencias que cada uno tenga-, aún aquellos que, recelosos, intuimos que no existe el misterio, que todo se reduce a un interruptor que pasa a off y descreemos de otros mundos ficticios o ideales, de juicios finales sin posibilidad de apelación, de trayectos luminosos, arpas, nubes, paraísos u hogueras.

Calculador como pocos, con años de casino y póker sobre el lomo, uno supone que el hombre ha podido anticipar lo que vendrá, que sabe que ha consumido demasiadas fichas en una pelea sin cuartel contra cuanto enemigo se cuadrara y que la amenaza de un largo peregrinar por tribunales cobra cada día más fuerza y le pasa factura. Dueño de una energía focalizada obsesivamente en construir su poder, mandón y desconfiado, es posible imaginar el tono imperativo: “Dale Cristi, venite conmigo y dejalo al salame de Cleto, ya va a saber por fin lo que es estar metido en un quilombo ese traidor”, nada distinto de lo que reclamara hace apenas dos años, cuando la madrugada amarga de aquel “no positivo”. “Ni loca, andate vos y dejame tranquila, hace 35 años que te aguanto, aunque…ya empiezo a ver unos cuantos que muestran los colmillos y mirá como se le cae la baba a más de uno. ¡Ay dios, la que me espera!” contesta ella sumida en la congoja.

Néstor ya no la escucha, continúa su rápido ascenso -hasta los más incrédulos imaginamos que existe un ascenso- mientras contabiliza, en su vértigo, obstinado, traiciones y adhesiones. Su última mirada, ese doble enfoque con que naturalmente se plantó ante las cosas, debe ser ahora una película borrosa, una sucesión de imágenes binarias, bamboleantes, entre el progresismo y la farsa, entre oligarcas y destituyentes, entre el populismo y el engaño, entre Perón, Moyano, Evita y Montoneros. Seis, siete u ocho razones, en fin, como para que quienes permanecemos todavía en la tierra ansiemos, esperanzados, que desaparezcan para siempre de nuestra Argentina los líderes eternos, los iluminados, los testimoniales, los dueños de todas las verdades absolutas santificados por la ideología. Para que deseemos quedarnos, en cada día a día, con sobrios, austeros, temporarios y serenos hacedores de un país más tranquilo, previsible, más justo y más estable, que crezca y se convierta por fin en la tierra próspera que todos soñamos y que quienes nos sigan merezcan disfrutar.

*Nota del autor: Escribí este artículo el día que murió Néstor Kirchner, cursaba entonces el primer año de la licenciatura en Periodismo de la Universidad de Palermo. En un contexto de país con muchísimas incertidumbres y no pocas angustias, me tranquiliza publicarlo tal cual. Sigo pensando que ha sido uno de los personajes políticos más influyentes de la Argentina de las últimas décadas, un tipo desconfiado, avaro, oportunista como pocos y corrupto al extremo. No puedo ver con claridad aún, transcurridos diez años, cuanto más habrá de extenderse su perniciosa influencia.