la venganza, como el pisto nizardo, se sirve fría

Llevamos largos, interminables meses, encanutados por este aislamiento que parece no llegar nunca al fin. Las consecuencias y complicaciones, unas muy previsibles, otras inexorables, se dejan ver de a poco. Aparecen, la mayor de las veces en puntillas de pie, como llegan y se acumulan las capas de polvillo –una sobre la otra– opacando la tapa del piano y todos los enseres.

Permanecemos guardados, como manda la ley, viendo pasar las hojas en el almanaque sin que nos sea sencillo distinguir si vivimos en lunes, jueves o domingo. En un comienzo tuvimos la sensación de que los días ya no transcurrían y que los relojes se habían detenido, los meses parecían haberse congelado y percibíamos nuestra vida pendiendo de un hilo.  Me iba a la cama y me levantaba imaginando ser un condenado que espera su hora, inmóvil, atado y atónito, con los ojos desmesuradamente abiertos ante lo incomprensible de lo por venir, de lo desconocido.

El tiempo, con el solo recurso de correr y dejarse llevar, termina por acomodar muy de a poco las cosas. Hemos perdido la mayoría de los abrazos y los besos, es cierto, ya no nos reímos en la cara del otro ni le apoyamos la mejilla en el hombro para derramar lágrimas, enjugando el dolor. Un ridículo toquecito de codos pretende haberlos reemplazado y hasta tiene el tupé de presumir que ha llegado para quedarse siempre. Nuestras vidas pasan ahora por las pantallas de la compu, el celu, la tablet o el televisor. Dentro de esos espacios virtuales –verdaderas cavernas de este siglo veintiuno– se juegan hoy las cosas y los conflictos, tan nuevos como inesperados, no tardan en hacerse presentes.

Hemos mantenido a rajatablas –con mi esposa– el respeto a nuestra intimidad, los teléfonos son y han sido siempre territorio sagrado. Sin embargo, el encierro, tantos y tantos días sin salir de casa, hacen que en algún momento se torne inevitable atender el móvil que suena para el otro.

El texto fresquito en la pantalla de mi celular, el mensaje que acababa de enviar, no era una declaración que me mandara –por sí solo– de cabeza a la hoguera, aunque, lo admito, se prestaba para el malentendido. “No olvides mandarme –cuando puedas– la foto de tus lágrimas”.

El WhatsApp en cuestión –un inocente querubín disfrazado de diablo– no era más que el pedido a mi terapeuta del nombre del producto con el que ella ha logrado –de manera muy satisfactoria– controlar la sequedad de córneas y los molestos síntomas que ello le acarrea. Precisamente, mis padecimientos oculares actuales, con tanto Zoom, Jitsi Meet, Big Blue Button y todas esas yerbas, me habían consumido larguísimos minutos la última sesión. Vale aclarar en este punto que nuestros encuentros semanales, desde que la pandemia instaló su reinado, los realizamos por videollamada y no tengo editado aún el número de Z dentro de mis contactos.

Voy a esperar ansiosa la fotito de esa loca llorando, no vayas a olvidarte de reenviármela”, “Sos muy cómico, monigote de cuarta, pirucha y descerebrada debe estar una mina para moquear por vos”.

Me rendí sin pelear, me resultó imposible explicarlo, mis palabras le sonaban a cuento, no hubo forma de que entrara en razones, su temperamento y mi argumentación –pobre e inconsistente– se ocuparon del resto. La retahíla de insultos y reproches no terminaba nunca y así estábamos, desde hace una semana, metidos dentro del silencio, aislados cual osos polares recorriendo una jaula y mirándonos con desconfianza, con los ojos inyectados de bronca.

Hoy mi mujercita se metió en la ducha y quebrantando sacrosantos principios, movido por el dolor y la injusticia que he venido sufriendo, aproveché que su celular descansaba olvidado, indefenso, en su mesa de luz, al otro lado de la cama.

Ni miras de volver, ¿no?, cómo extraño tus manos!!!” apareció ni bien abrí WhatsApp. Les confieso que no sabía si saltar de alegría o colgarme del techo. Una larga hilera de emoticones o stickers enviados a continuación –apenas distingo cuál es uno y cuál otro, soy un verdadero burro con estas herramientas– aludían, sin generar la más mínima duda, a caricias, placeres, mimos, o vaya uno a saber qué.

El último de sus envíos me servía ahora, en bandeja, la oportunidad de pasar al ataque. Me incorporé de un salto, metí cuatro zancadas y me zambullí –de manera intempestiva– en el medio del baño. Parado dentro de una espesa nube de vapor me situé frente a ella con la actitud de un verdugo que, blandiendo su espada, está a una centésima de segundo de cortarle la cabeza al reo. “¿Y esto?”, “¿Qué tenés para decirle ahora a este monigote de cuarta?”, “¿Así que la mosquita muerta extraña las caricias…?”.

Ella terminaba de enjuagar su pelo, dio media vuelta, dejó que el agua corriera unos segundos por su cara, se apartó de la lluvia, pasó las palmas de sus manos por sus ojos cerrados escurriéndoselos y por fin los abrió.

Me miró con absoluta calma, su mirada de hielo me atravesó los huesos. Giró muy lentamente y cerró las canillas, se volvió hacia mí que, impaciente, me sentía a milímetros de cometer una torpe locura. Repitió el gesto, sacudió un poco la cabeza, a uno y otro lado, golpeteó sus oídos con la mano ahuecada y, sin apartar sus ojos de mi ni por un puto instante, con una suavidad y dominio de sí misma que ya me exasperaban, me largó con desprecio: “¿Cuándo será el día en que –por fin– dejes de ser un tremendo abombado? Acabo de escribirle a A, nuestra masajista, la mía y la tuya…, no tengo ni idea de que te pasa a vos pero yo, hace casi cinco meses que extraño sus manos”.