la larga noche argentina

Llega a su fin el gobierno de Mauricio Macri. Parece flotar en la opinión pública, en los medios, en la calle, que la suya ha sido una gestión muy deficitaria que le dejará, a la próxima administración, una pésima situación económica, con altísima deuda nacional e internacional. En ese contexto, cuesta visualizar cómo o por qué vía, será posible encontrar soluciones.

Ahora bien, ha contribuido de manera decisiva en este punto de vista sesgado, al menos para la clase media que suele informarse por diarios, medios digitales y televisión, el papel jugado por una gran porción del periodismo, en general antes pero y, sobre todo, después de las PASO.

Deja la administración nacional que termina cifras muy elevadas de inflación, de pobreza, de riesgo país, de endeudamiento, todos datos económicos negativos a los que no puede escatimarle su responsabilidad. Mi crítica al gobierno del PRO (es siempre más sencillo hacerlo con el diario del lunes), pasa por su falta de músculo político, su debilidad e inexistencia de planes a la hora de enfrentar los problemas heredados, su silencio y su obstinación por plantear una realidad más cómoda, menos comprometida, su liviandad para plantear soluciones ante la inflación, la pobreza y otros males crónicos. Han sido el resultado, al menos en parte, de moverse al compás de encuestas, dejando que le endulzaran el oído los marquetineros de turno en lugar de confiar en el más trabajoso pero efectivo campo de la negociación política. Era imprescindible realizar reformas de fondo en lo laboral, en lo tributario, en lo previsional, también lo judicial. En su lugar se terminó cediendo ante las históricas prebendas de Sindicatos, Cámaras empresarias, Organizaciones sociales, el interminable juego de las corporaciones. El resultado, un populismo de buenos modales y, como no podía ser de otra manera, muy malos resultados. No comparto en absoluto eso de que ha sido un gobierno de ricos para ricos, a lo sumo una gestión ineficiente y falta de pericia en algunas materias.

Ha sido si, y esto merece destacarse, un período de enorme libertad de expresión y de un fortalecimiento, aunque relativo, de la institucionalidad. Valores nada desdeñables a la hora de decidir el voto.

Sin embargo, pocos reparan o recuerdan que la anterior gestión kirchnerista decidió romper el termómetro (léase INDEC), además de intentar amordazar a la prensa más crítica, saliendo a comprar la mayor parte de los multimedios (que luego quebraron o casi) y desplegando un batallón de periodistas militantes (un verdadero oxímoron).

Se intentó ocultar, de esa manera, y se miente ahora, cuando se habla del desendeudamiento. CAMBIEMOS asumió con una deuda superior a los 220.000 millones de dólares (dato reconocido públicamente por Kicillof, entrevistado días atrás por Viviana Canosa), una situación internacional más que desfavorable y un Banco Central fundido, sin reservas, con un cepo tan arbitrario como opresivo. Pocos recuerdan que Néstor Kirchner, con Alberto Fernández como Jefe de Gabinete, canceló deuda con el FMI al 4 % para tomar, de inmediato, deuda bolivariana al 12 % (con la jugosa tajada personal, entiéndase coima, que Chávez y el propio Kirchner lograron con esto).

La criticada fuga de capitales, esa de la que tanto gusta alardear hoy la oposición, no es ni más ni menos que el intento cotidiano y lícito, en gran medida de la clase media, de resguardar sus magros ahorros mediante la compra de dólares, una operación accesible y sencilla frente a otras que requieren mayor capital y expertise. Los trece ceros quitados a nuestra moneda en los últimos cincuenta años tornan innecesaria cualquier consideración sobre la inexistencia y falta absoluta de valor de nuestro peso.

El periodista Pablo Mendelevich, director de la Licenciatura de la UP, en su libro El País de las Antinomias lo escribió hace ya unos años: “De un lado están el pueblo, los trabajadores, los sufrientes luchadores por los derechos humanos, los cabecitas negras, los descamisados, los piqueteros, los perseguidos, los que todos los días construyen el porvenir con sacrificio. Del otro, la oligarquía, la antipatria, la sinarquía, los rentistas, los explotadores, los cipayos, los blanquitos, los de las cuatro por cuatro, los caceroleros de Barrio Norte, el Jockey Club, los sojeros, los golpistas de todas las épocas, los gorilas. Son dos países. El combate es a base de odio. Y uno tiene que derrotar al otro.” Así, de manera muy gráfica, expresaba toda su ironía sobre un relato construido que apesta a naftalina y sobre el que algunos sectores supuestamente progresistas, todavía, machacan sin cesar.

En esta sintonía, tengo para mí que el principal problema que enfrenta la Argentina es político y por sobre todo cultural* antes que económico, y que, ante la circunstancia de tener que optar por aquellos que conducirán nuestros destinos en los próximos años, la disyuntiva deviene crucial, es, no podría ser de otra manera, una verdadera grieta.

Se trata de más apego a la República y sus instituciones, mayor transparencia en el manejo de las mismas, construcción de un Estado armónico, no elefantiásico, donde no se dilapiden como hasta hoy, una ingente cantidad de recursos. Basta de subsidiar a la pobreza condenándola al clientelismo atroz, manteniéndola sumergida (nunca más literal esto cuando observamos las imágenes que en estos días nos proporcionan La Matanza y Esteban Echeverría). Basta de gerenciadores de la marginalidad que solo buscan el rédito personal. Terminemos con la hiperinflación legislativa (existen a hoy, vigentes, más de 70.000 normas regulatorias) que todo lo entorpece y dificulta, haciendo inviable hasta el proyecto más sencillo. Basta de ahogar al pueblo, las PYMES incluidas, con impuestos que se ubican en los niveles más altos del mundo y devuelven, en contraprestación, servicios comparables con los africanos. Basta también de Obras Sociales administradas por los Sindicatos, un modelo que no solo resiente la defensa gremial, sino que alienta corrupción y suma más condimentos a la ineficiencia crónica en la prevención y atención de la salud. Debe ponerse coto a la superpoblación de dependencias del Estado, en todos sus niveles, en los tres Poderes, un verdadero reservorio de ñoquis que oculta el verdadero desempleo y tan flaco favor les hace a los presupuestos estatales. Resulta inviable, aquí y en cualquier lugar del mundo, que ocho millones de contribuyentes sostengan a veintidós millones de personas entre jubilados, desocupados y beneficiarios de planes sociales.

Me considero un liberal de izquierda, un espécimen mucho más común de lo que se supone. Voté a CAMBIEMOS en 2015 y no recibí su triunfo cargado de entusiasmo ni de expectativas, tenía mis dudas sobre la fortaleza de sus convicciones. Mis predicciones, aunque a medias, se han visto cumplidas. No imaginé que el kirchnerismo (una de las peores variantes del populismo peronista autoritario y fascista) pudiera volver y en ese sentido no creo que todos los esfuerzos que realiza su candidato, a diario, para mostrarse como renovado, puedan darnos, en caso de que triunfen, mejores resultados que los obtenidos en sus doce años. Puedo conceder que quizás Cristina resigne protagonismo en aras de impunidad para ella y para sus hijos, pero no confío en dirigentes que hasta ayer nomás la defenestraban adjudicándole las peores acciones, inconductas, delitos y responsabilidades, mientras hoy hacen verdaderos malabares para callar o justificar lo que a todas luces aparece como injustificable.

En fin, creo haber dejado bien en claro hacia qué lado irá mi voto el 27 próximo. Ese es el rumbo que deseo para la Argentina. Si la ciudadanía decide, por el contrario, que nos conduzca el FRENTE DE TODES, habré de lamentarlo, sospecho que las cosas van a empeorar y terminarán mal. No hay populismo que pueda sostenerse sin plata y menos con semejante rejunte que ha condensado, en un mismo paquete, odios, venganzas, oportunismos y resentimientos. De todas maneras, le quito a esta última alternativa cualquier dramatismo.  Quizás posibilite, en un tiempo cercano, de una vez y para siempre, reencauzar el camino que nos lleve a intentar manejarnos como un país más previsible, dentro de las recetas habituales que se usan hoy en casi todo el mundo.

*una oportuna observación de Santiago Irisarri