Cae una garúa persistente, fina, muy fina.

“Cara, seda, iglesia, clavel, rojo, cruz” me repito una y otra vez, casi en voz alta, mientras camino medio mareado y tratando, a duras penas, de mantener el equilibrio sobre las húmedas, desparejas y gastadas baldosas de la avenida Urquiza. Las pronuncio una y otra vez, divertido, me río con ganas, estoy feliz: “Tengo corazón para toda la vida”. Disfruto al pensarlo, es lo que me acaban de anunciar los médicos, al concluir el chequeo.

“Evaluación cognitiva” marcaba la planilla. Se trataba, ni más ni menos, de una apretada lista de palabras –inconexas– que la psicóloga me hizo repetir, una breve ristra de sustantivos a memorizar seguidos de una batería de ejercicios lingüísticos, matemáticos y figurativos para –a manera de corolario, al repetir esos nombres en el orden correcto– comprobar el nivel de eficiencia de mis hipocampos. ¿Qué habrá imaginado esta chiquita?, ¿Qué estaba evaluando a un anciano?, ¿a un pobre abuelito?

Comenzó por señalarme tres figuras: ¿las reconoce?, ¿qué animales son?

“León, rinoceronte y camello” contesté sin que aflorara en mi cara el más mínimo gesto revelador de duda, aunque… ¿si tiene una sola joroba, no es un dromedario? “Esta chica está desorientada”, pensé. Debí contenerme y fruncir mis labios para no cometer un exabrupto: “Doctora, ¿tiene usted idea de cuánto zoológico y cuanta sábana (así, con acento en la a) tiene recorrido este viejito?”

Llegó, por último y para finalizar, quizás buscando sorprenderme, el momento de repetir las benditas palabras que deberían haber quedado adecuadamente archivadas en mi subconsciente. Jugando al anticipo, había tenido el buen tino de recurrir al auxilio de mis palacios de memoria, los recorridos imaginarios que utilizo para poder retener, por ejemplo, la secuencia aleatoria de uno, dos o hasta cinco mazos de naipes cuando pretendo impresionar a mis amigos. La cara de mi viejo en medio de un discurso, la suave textura de un pañuelo de seda rozando mi garganta, una catedral gótica descomunal depositada sobre el techo de chapa de la casa del Cholo el viejo quinielero de La Loma, un clavel erecto y suculento de color rojo intenso sostenido en las manos de la mamá de Osvaldo mi vecino del barrio de cuando éramos niños­, la cruz de bronce estampada en la puerta de la bóveda de nuestra familia…

“Cara, seda, iglesia, clavel, rojo, cruz”

“Muy bien, muy bien” aprobó la muchacha, firmó la planilla y me orientó hacia la próxima estación, la última, de mi chequeo de salud.

Ingresé al Cardiostress, la combinación de la conocida ergometría con el agregado de ecocardiogramas, primero en reposo y luego en ejercicio. Pobre diablo, infeliz de mí, me hicieron de goma. Lleno de cables en el pecho y caminando a marcha cada vez más forzada sobre un plano inclinado, debí sujetarme con fuerzas de las barandas laterales para no caerme de la cinta.

Las gambas, que nunca han sido mi punto más fuerte, me pasaban factura, ya no aguantaban más. Atrapaba, como podía y a los dentellones, las últimas moléculas de oxígeno. Sentí desfallecer.

Tuvieron que trasladarme casi en brazos hasta la camilla donde, con la respiración muy entrecortada y suspirosa, pude observar, en la pantalla, el final del estudio.

“Fantástico, está todo impecable” me largaron entonces a dúo los cardiólogos, despejando todos los nubarrones.

Recordé, apenas retomado el aliento que, en una de las tantas estancias en la sala de espera, durante la mañana, había recibido un WhatsApp de mi esposa subrayándome, en un tono afectuoso, que hoy, precisamente hoy, en este día bendito, estamos cumpliendo años de casados. Abriendo la boca grande para tragar más aire, me vestí como pude, tomé mis cosas y salí apurado a la calle.

Aquí me encuentro ahora sobre la avenida, feliz, eufórico casi, repitiéndome divertido todas las palabritas: “cara, seda, iglesia, clavel, rojo y…, y…”, me cuesta recordar la última aunque… no me preocupo, ni ahí, tengo corazón para toda la vida, es lo más importante, me lo han dicho con claridad los médicos. Con seguridad influyen mi cansancio, el mareo, las piernas que siento temblorosas, también la ansiedad por regresar a casa.

Diviso un taxi que se acerca, libre, llegando desde el centro. Me lanzo a la calzada agitando mi brazo derecho mientras mantengo apretados bajo el otro, la agenda de cuero, el celular, el diario. Insisto, mientras apuro el paso, en completar el ejercicio de memorización: “cara, seda, iglesia, clavel …clavel…” ¡Epa! esta vez se me niegan las últimas dos, tengo una nebulosa.

Mi tobillo izquierdo se tuerce al alcanzar el pavimento y resbala sobre el piso mojado, me hace perder el equilibrio. Trastabillo, ¡bah!, me despatarro todo desarticulado en medio del asfalto con el cuello torcido, mirando hacia la esquina. Alcanzo a ver los ojos desorbitados del chófer, detrás del parabrisas, parado sobre el pedal del freno, aferrado al volante con desesperación…

“…rojo y cruz” en el último instante, ¡al fin!, llegan corriendo desde mi memoria. ¡Aleluya!