No tengo recuerdos de haberlo experimentado antes, ni siquiera en el viaje de ida a Estambul. El jet lag, según dicen, suele sentirse con más intensidad cuando uno se traslada del oeste hacia el este (ya que el cuerpo se adapta más fácilmente a un día más largo que cuando “pierde” unas horas viajando para el este).

También es cierto que el viaje de vuelta, después de un exigente periplo que duró más de veinte días, se inició precisamente desde la capital turca y fue precedido de una aventura que no nos dejó margen para el sueño. Llegamos a Buenos Aires en un vuelo de diecisiete horas, de noche, tarde, fundidos por completo. 

Cené con ganas en el pequeño reencuentro familiar y también tomé un poquito de vino, algo que según parece debiera evitarse. La primera noche en casa acudí, como suelo hacerlo habitualmente, a la ayuda de un ansiolítico (medio comprimido) acompañado de un inductor del sueño en dosis baja. Pude descansar bien en las primeras horas, pero desperté unos minutos pasados de las ocho con un fuerte dolor de cabeza acompañado de una muy importante contractura de los músculos del cuello y la nuca.

Con el correr de la mañana cedió esa molesta sintomatología, pero reapareció a toda orquesta la bendita lumbalgia (dolor en la cintura) que viene acompañándome desde hace un largo tiempo y que por lo insistente y testaruda me hace pensar que se ha unido, en matrimonio indisoluble, con mis maltrechas vértebras lumbares. “Pensar que en el viaje no me dolía nada” me dije, “y ahora, con esta humedad que se te mete por los poros, volver al primer mundo argento me pasa factura”. Ese mismo domingo comencé con analgésicos y corticoides intramusculares, hace cuatro días que me los aplico.

Sea como sea, el combo de jet lag, ansiolíticos, inductores del sueño y corticoides deben de haberme producido algún efecto. En la segunda noche desperté en medio de ella, dentro de un dormitorio mucho más que oscuro, me sentía desorientado, no podía entender dónde estaba, en qué país o en qué cuarto de hotel me encontraba. Notaba, además, y eso me generaba cierta aprehensión, una importante desubicación témporo-espacial, con una percepción muy distorsionada de las formas y las dimensiones de la pieza. Logré por fin incorporarme y llegar al baño que se encuentra junto a mi habitación. Para cuando volví a acostarme las cosas habían vuelto a la normalidad.

En la siguiente noche pareció repetirse el cuadro, volví a despertarme de manera brusca desconociendo incluso las formas, las texturas, la ropa de cama. Busqué, extendiendo mi mano hacia la derecha, la compañía de mi esposa, pero no, la cama era ancha, y no podía determinar su contorno dentro de la intensa oscuridad que envolvía la pieza. ¿Dónde estaba? Por instantes parecían surcar las paredes algunos trazos luminosos claros, adivinaba una estructura similar a una pared de piedra y conjeturaba, dentro de mi sonambulismo, que seguramente esa noche estaba durmiendo en algún templo o mezquita de los tantos que habíamos visitado.

Me asomé al pasillo contiguo a mi cuarto y percibí un halo de luz a ras del suelo, una especie de línea brillante, algo que me indicaba que allí había una puerta, insisto, soñaba encontrarme dentro de algún monasterio medieval, un castillo o en algún sitio sagrado a punto de presenciar una queimada. Apoyé mi mano en el picaporte y abrí maquinalmente. Apareció, de golpe, el cuerpo de una mujer de espaldas, tal como Dios la había traído al mundo. Se percibía un ambiente tórrido, sofocante, de un vapor espeso.

“¡La mujer en el baño!” grité asombrado, en clara alusión a la muy conocida lámina del colombiano Botero que cuelga en una de las paredes de la pequeña toilette que tenemos en casa, en la planta baja. “¿Cómo puede ser?” Continúe angustiado “¿recién me bajo de la cama y ya estoy en el living?”, “¿Sin tocar las escaleras siquiera?”

 – ¿Dónde estoy?, por favor, ¿Dónde estoy? –me sabía tembloroso y desorientado.

– ¿Dónde te parece que podés estar?, abombado –La dulce voz de mi esposa, como de costumbre, me tranquilizó – Estás en el baño de nuestro dormitorio y yo estoy por meterme en la ducha, a los rajes. Haceme el favor, ¡correte!, ¡rajá de acá!, ¡tomátelas!, que llego tarde a mi laburo.