Suelo repetir a menudo que esta pandemia, este azote del siglo XXI, nos ha hecho perder, entre otras cosas, la noción aprendida del tiempo calendario. Como dato agregado, me es permitido corroborar ahora, con mayor nitidez, que las hojas del almanaque no corren para todos de la misma manera.

Haber llegado a los setenta y uno, por ejemplo, supone entre muchas otras cosas que uno ha sido testigo o actor –o ambas a un mismo tiempo– de un vertiginoso cambio de los hábitos, las costumbres, la manera de leer, de analizar o de contar la historia. Hemos asistido –algunos distraídos, otros encandilados– a los estertores de la revolución industrial y al nacimiento de lo que ya se conoce como era digital. De asumirnos hippies y suponernos dueños absolutos del libre albedrío a tener que aceptar –sin demasiado entusiasmo y a regañadientes– que nuestros deseos vienen determinados por nuestros algoritmos. Es probable que las crónicas del siglo veinticinco señalen que, con este cambio de milenio y en el término de unos pocos años, la humanidad toda haya pasado de la Edad Moderna a la que continúa.

Si usted ha superado ya las siete décadas le propongo un ejercicio breve, divertido, quizás revelador: Cuéntele a un niño o a un adolescente que ha sido testigo –como espectador– de los impresionantes desfiles patrios del sesquicentenario. Dígale que el 25 de mayo de 1960, un miércoles soleado y muy frío estuvo paradito allí, cerca del obelisco, dentro de un sobretodo marrón con martingala (ocurrencia que hará que usted, de manera automática, apeste a naftalina). Que lo hizo –por ejemplo– junto a su papá, su mamá y sus hermanos, a metros nomás del palco desde donde Frondizi observaba el paso de los militares con toda la fanfarria, los mismos que menos de dos años después apurarían su salida.

Si para entonces, por algún milagro indescifrable, ellos conservaran todavía algo de la compasiva paciencia que hizo que lo escucharan, los pibes le preguntarían –con naturalidad, con total desparpajo– quién joraca era don Sesquicentenario. No tenga dudas que así sucedería. Si les quedara aún una gota más de tolerancia, acto seguido, juntarían sus dedos apuntados al cielo y arrugando la jeta repetirían, en una letanía: “Frondizi”, “Frondizi”, “¿Frondizi?”.

Es así y no hay vuelta, lo que aún les cuesta imaginar es que eso también les va a pasar a ellos, aunque muchísimo más pronto de lo que ellos suponen. Los acontecimientos de hace cincuenta, sesenta o setenta años están tan sumergidos en la neblina de los tiempos, para los chicos de hoy, como los que ocurrieron hace ciento cincuenta.

Anoche cenábamos –con Kiki después de un largo día de laburo y con Julián recién salido de su cueva– cuando surgió el tema del luto obligatorio de los empleados públicos, tras la muerte de Evita. Coleccionista de datos inútiles como soy, de fechas y de nombres, empalmé entusiasmado con el cruento ataque sobre plaza de Mayo –los terribles bombardeos de junio– y los casi inmediatos levantamientos militares, el de septiembre de 1955 –la Revolución Libertadora– y la posterior contrarrevolución peronista del 56.

–Nosotros éramos muy chicos –continué mi monólogo– yo estaba en primero o segundo grado y en una de esas fechas, la aviación naval atacó el cuartel ubicado a diez cuadras de casa. 

– ¿Ehhhh?, ¿Un cuartel a diez cuadras? –interrumpió Julián, que parecía no salir de su asombro. Su expresión era clara y aunque no lo dijera yo leía en su cara: “Este está muy chapita, del tomate, más loco que un plumero”.

– Si, por supuesto, el regimiento 7 de infantería, en la plaza Malvinas. Con mis viejos y con nuestros vecinos tuvimos que evacuar, llegamos hasta Olmos. Apretujados –en un Ford 37–, casi sin respirar, veíamos como los aviones entraban en picada y descargaban toda su artillería. Se dejaba oír, apenas, el retumbo de las explosiones. Cierro los ojos y puedo ver –como si fuera ahora– el humo espeso y negro que se levantaba.

Julián fruncía el ceño, estaba pensativo, revolvía su pelo mientras meneaba su cabeza, daba toda la impresión de estar haciendo cálculos. Después de unos segundos levantó la mirada y largó, con la frescura propia de su edad:

– Papá, vos, en las Invasiones Inglesas, no estuviste, ¿no?