La muerte, ayer, de Guillermo Calabrese, un cocinero que alcanzó muchísima  popularidad en la televisión, trajo a mi memoria un suceso risueño e insólito que lo tuvo entre sus personajes. Se marchó de este mundo ignorando por completo esta historia, una crónica absolutamente verídica de lo que sucedió. 

Ocurrió en marzo del 97. Por esos días operé a Mario, un geólogo especializado en volcanes e investigador de prestigio académico en toda Sudamérica. Llegó a mi consultorio de la mano de Carlos, su clínico de cabecera.

Ya para entonces, la videocirugía había alcanzado un considerable desarrollo que permitía resolver –utilizando esa técnica– un sinnúmero de patologías, las que se acrecentaban día a día. En los casos como el de este paciente –portador de una hernia inguinal–  éramos muy partidarios de tratar la misma mediante la colocación de una malla protésica, operación que bien podía ser realizada en forma abierta, de manera convencional o, como lo fue en esa oportunidad, con el empleo de la – para ese momento – moderna laparoscopía.

La intervención se realizó sin ningún tipo de problemas y el paciente  –un personaje muy cordial y gran aficionado al tenis– pudo abandonar el sanatorio al día siguiente, sin dolores y con movilidad casi normal.

Curé sus heridas, mínimas, y le di el alta en la visita que me efectuó a la semana de la cirugía. Mario estaba francamente encantado con el resultado de la misma, con la posibilidad de llevar adelante una vida corriente, sin restricción alguna y no dejaba de manifestarnos su agradecimiento unido a la admiración que le provocaba todo el avance tecnológico.

Solo habían pasado unas semanas cuando Carlos, al comentarme su propia satisfacción y la de su paciente por la reciente experiencia vivida, me pidió le hiciera llegar al geólogo –por su intermedio– una copia de la grabación de video realizada con motivo de la hernioplastía.

Pasaron varias semanas sin que le diera curso a su pedido. Mi vida transcurría dentro de un torbellino, me olvidaba  y casi no pasaba un lunes sin que, al cruzarme con el clínico en los consultorios externos, este me reclamara el bendito cassette.

Un domingo, en mi casa y avanzada la noche, recordé la promesa. Con pocas ganas y a los apurones, conecté las videocaseteras al televisor y realicé una edición casera, sintética, que permitía –en unos diez minutos–observar los detalles salientes de la operación. Al día siguiente se lo llevé a Carlos, muy tranquilo, y me olvidé más que pronto del tema. Dos semanas después el colega golpeaba la puerta de mi consultorio.

– Alberto, ¿te acordás del enfermo que operaste de hernia?, el geólogo.

– Si claro, como no lo voy a recordar. ¿Qué le pasó ahora?

– ¿Viste que el tipo estaba chocho con ustedes? bueno, ahora está enloquecido con la joda que le hicieron, dice que son geniales.

–  ¿Cómo? – Yo no salía de mi asombro.

– Dale, ¿cómo que no sabés?, contame, ¿qué joda le grabaron? Dejó un sobre en mis manos.

Ansioso como soy lo abrí delante de él y desplegué una carta. Empezaba más o menos así: ”ESTIMADOS CHACINADORES: Les hago llegar mis más calurosas felicitaciones, han demostrado no solo poseer excelentes condiciones para la cirugía, sino también un altísimo sentido del humor….”y seguía unos cuantos renglones más –con una prosa muy graciosa– deshaciéndose en elogios para con el equipo.

– Carlos, ahora soy yo el que te pide un favor– me invadía una notable intranquilidad y también desconcierto –recuperame urgente ese cassette porque no sé de qué carajo está hablando este tipo.

Para mi fortuna la grabación volvió a mis manos en unos pocos días y allí,  el misterio,  quedó absolutamente develado ¿Qué había sucedido?

Al haber editado una copia casera en mi casa, ese domingo, muy a las apuradas, no reparé en que las imágenes contenidas en la misma salían acompañadas por el audio del programa que, a esa hora, estaba emitiendo “América TV”, justamente el envío de cocina semanal del archifamoso Gato Dumas. El mix –de factura totalmente imprevista– se había convertido, por obra y arte del azar, en una pieza notablemente sincronizada y poco menos que desopilante.

Comenzaba la voz en off del cocinero con “Vamos a preparar un sabayón…” mientras en la pantalla solo podía observarse el campo quirúrgico. Continuaba el video “Se dice sabayón, no sambayón”. El Gato ponía mucho énfasis en la diferencia y así –por ejemplo– cuando en la imagen se veía una pinza que traccionaba el cordón espermático haciendo que asomara en escena el testículo, se escuchaba detrás la voz del conductor, exultante, eufórico, diciéndole a su ayudante –a propósito de los ingredientes– “¡Mire que huevo! Calabrese”.

No deja de sorprenderme nunca el comprobar que muchas de nuestras mejores realizaciones, aquellas que no hubiéramos sabido jamás de qué manera concretarlas, surgen de la casualidad.

Nota del autor Esta historia, hoy reescrita, fue publicada en 2009 por la editorial Dunken en «Diga 33…, crónicas y vivencias médicas».