Don Ramón -no el del Chavo del ocho- es un viejito de noventa y seis años, todo endurecido, que reposa semiinconsciente, de espaldas,  en la cama de al lado y con la boca totalmente abierta en un ángulo de noventa grados como si, sediento, pretendiera enhebrar las gotitas de alguna gotera. No ronca, tampoco se queja, solo emite -muy de tanto en tanto- algún leve sonido gutural.

Falta poco más de una hora para el mediodía y yo acabo de internarme. Es la primera vez en mi vida que paso por esta situación, que piso un hospital como paciente, jamás tuve que recurrir ni siquiera a una guardia, jamás me operaron de nada pero…, todo llega algún día. Los genes de mi vieja primero y los cálculos en la vesícula después me han traído hasta aquí. Vivo una situación similar aunque exactamente inversa a la que hace poco más de veintiún años me colocó por primera vez ante Kiki.

Esa historia es muy pero muy conocida por todos mis amigos y la he relatado muchísimas veces, también la escribí y la subí al blog con el corazón en la mano, en ocasión de cumplirse veinte años del ataque a las torres gemelas (UN DÍA QUE CAMBIÓ LA HISTORIA, UNA SEMANA QUE TRANSFORMÓ MI VIDA/Reflexiones). Omití en ese relato, muy sentido, la saga que continuó al mismo: en las semanas posteriores a su operación y en la que seguramente era su última visita a mi consultorio, viéndome afligido, apesadumbrado, muy caído, Kiki no tuvo mejor idea que preguntarme: ¿tenés bicicleta? Yo me encogí de hombros, balbuceante, respondí que las que tenía en casa, de mis hijos varones, me las habían robado. En esos días me puse en campaña para comprarme una.

Volvamos hacia atrás, es el día de ayer, 10 de marzo y estamos en IPENSA. No termino de acomodarme en mi sitio mientras mi esposa y la hija de don Ramón hablan de todo lo que se les ocurre y un poco más también. Me avisan que en la puerta me espera el  camillero para llevarme hasta el quirófano: “que se coloque esta bata abierta y venga como Dios lo trajo al mundo” esa es la consigna.

Me zambullo a los piques en el baño contiguo, me saco las pocas pilchas que llevo -casi de un tirón- y empieza mi lucha con la maldita bata, un poncho de tela blanca muy finita, casi hasta los pies y que solo permite cerrarla, un poco a los costados, con unos rápidos nudos de las tiritas laterales. Me lo pongo delante y revoleo el resto para atrás pasándomelo por la cabeza, el turro se me queda enrollado en el cuello y no hay forma de que pueda destrabarlo y hacerlo bajar. Salto, me sacudo, pateo una jarra y en el apuro también tiro el soporte del papel higiénico dentro del inodoro, manoteo como ciego nuevo, pienso en el tipo que me espera afuera y los pasillos por los que pasearé, veo mi cara desfigurada en el espejo y recuerdo la escena de Darin en El hijo de la novia, con el culo al aire. Estoy a punto de entregarme y salir así, resignado, cuando la puta bata se acomoda solita. Beso muy a la disparada a Kiki y allá vamos, a mil, cruzando entre la gente rumbo a los ascensores.

De mi paso por cirugía es menos que poco lo que puedo contar, me dormí rapidito no sin antes cruzarme con el anestesiólogo: “Hola, que tal, soy Hugo Mon, le voy a hacer la anestesia”, se presenta. “¿Hugo Mon?, debés ser el hijo de Hugo, estudié con tu viejo, Histología, en diciembre del 68…zzz” La charla, contra mis deseos, no consigo alargarla, entro de manera muy rápida en un túnel oscuro, sin sueños ni imágenes, mucho menos con luces al final del camino.

Y acá me encuentro, cuatro horas después, acabo de merendar y recibo un whatsapp de Quique, el cirujano: “Hola Alberto, cómo estás?”. Le contesto que bien, muy bien y es entonces que le habla a mi esposa pidiéndole que me ayude a pararme y que intente probar con unos pasos: si todo sigue así en un par de horas pasa y me firma el alta.

No me van a decir que no estoy para la publicidad de King of the Kongo

Yo me encuentro de maravillas, no puedo creer que haya pasado todo con tanta rapidez, que hayan desaparecido así de  pronto todos los fantasmas aunque -siempre aparece un aunque- una idea abstrusa, obstinada, comienza a darme vueltas por el coco y logra, por fin,  ponerme intranquilo.

Comienzo a preocuparme por mi adorada Kiki, no puedo permitirme que a ella le pase nada, tendré que mantenerla encerrada por los próximos meses. Al menos hasta que logre operarme las cataratas, cosa que ya programo para junio o julio. Tengo un embale terrible con esto de las cirugías y no me para nadie. Y también un TEMOR…

Insisto, no puedo permitirme que a Kiki le pase algo.

Se imaginan que vaya el lunes 27 al consultorio -esa es la fecha para la próxima visita, la única y última consulta de control- y lo encuentre a mi cirujano, Quique, un tipo joven con hermosa familia y tres hijos y yo termine preguntándole si tiene bicicleta, y acabemos pedaleando juntos  y todas esas cosas, qué horror …

Bueno, siempre me queda la opción de caer en manos de mi hijo Matías y seguir con el baile. Él es un urólogo experto e integrante, desde hace muchos años, del equipo de cirugía dedicado a la reasignación de género.