uno siempre se debe a su público

Un sábado como hoy, pero de hace veintitrés años, jugamos, como solíamos hacerlo todos los fines de semana, un picadito de fútbol en un potrero allá por 7 al fondo. Estaban mis dos hijos mayores, Matías e Ignacio, su barra de amigos y una figura estelar de entonces y de siempre, ni más ni menos que la brujita Juan Sebastián Verón. Aprovechaba el receso de fin de año en Europa, jugaba en la Sampdoria, y se acercó al potrero para despuntar el vicio junto a un par de amigos.

Yo jugaba en su mismo equipo y en el puesto en el que lo hice casi toda mi vida, el de arquero. Faltando poco para que finalizara el partido, un muchachito vistiendo la camiseta de Boca se paró detrás del arco, incrédulo, con sus dedos colgando del alambre.

– Eh, ¿me firmará la camiseta?  – le escuché decir en un momento, se dirigía a mí, sin dudas, aunque ni siquiera giré la cabeza para contestarle. El picado venía muy movido y yo, a pesar de mis años, conservaba bastante buen estado físico y no mezquinaba revolcones. Es muy probable que la memoria me esté traicionando, pero tengo idea que ese día me fui más que conforme después de algunas tapadas meritorias.

– Eh, diga, ¿me firmará la camiseta?  – el pibe insistía y ya se habían sumado un par de tipos más que miraban absortos las fintas de Verón. No se me ocurrió mejor idea que darme vuelta y contestarles.

– Aguántenme muchachos, termina el partido y les firmo a todos, no hay ningún problema…

Se quedaron un segundo callados, pero, pronto cayeron en la cuenta que los estaba jodiendo y comenzaron a putearme en todos los colores.

– ¡Tomátelas flaco!, ¿firmar vos? ¿quién te conoce a vos, boludo? …- y siguieron así, insultándome, durante un largo rato. Qué difícil se nos hace a los ídolos la vida terrenal….