en una tórrida madrugada de enero

Tengo la suerte de estar casado con una mujer con la que podemos charlar y debatir, con agenda abierta, todas las cuestiones de la vida. También podemos, y con la misma naturalidad, matarnos a patadas por una tontería. Somos propietarios, digamos, de un carácter fuerte.  Nos mantenemos, asimismo, bastante informados, leemos, miramos tele, hablamos, hemos cruzado opiniones con infinidad de gente al terminar el día.

Medianoche muy calurosa de martes. Más calurosa y pesada, se me ocurre, después de ver algunos canales de noticias, sus especulaciones sobre el conflicto de los americanos con Irán y los misiles y sus enceguecedoras explosiones a pantalla completa. Cerramos la velada cabeceando frente al televisor mientras contemplamos los últimos sucesos en la Asamblea Nacional de Venezuela y las peripecias de algunos diputados intentando ingresar en el recinto de la votación.

En ese popurrí de imágenes que poco ayudan a la tranquilidad, esa que uno estima necesaria cuando ha llegado la hora de irnos a dormir, nos llama la atención, nos impacta, a mí y a Kiki, una secuencia breve. Muestra a Juan Guaidó, enfundado en un impecable ambo entre azul y celeste, mientras trepa e intenta sortear, de manera muy ágil aunque muy temeraria, las peligrosas rejas del palacio. Contemplar como balancea su humanidad sobre una intimidante lanceta de hierro (así se ve la punta en la que remata esa estructura) exponiendo sus dos más caros atributos a milímetros de dejarlos colgados, nos deja muy muy impresionados.

Termino de lavarme los dientes, tomo mi medicación nocturna como todos los días y me zambullo en el dormitorio, dentro de la más oscura de las oscuridades. La temperatura y el aire húmedo y pesado dentro del cuarto deben de estar ya muy cerca de los treinta grados.

– Qué lo parió este Guaidó, qué coraje subirse a la reja, y encima de traje y zapatos. ¿Podés imaginarme a mí en esa situación? – retomo el diálogo interrumpido en el sillón del living, diez minutos atrás. Mi mente. fantasiosa y alocada, no decae a pesar de la hora o de la oscuridad. Sé que Kiki, aunque no pueda verla en la negrura, debe de estar todavía despierta.

– Vos, como mínimo, te hubieras rajado el pantalón de arriba abajo, hubieras quedado con el culo al aire- me contesta ella, desfachatada como siempre, muerta de risa, arrancando la mía.

– Mirá vos, yo, por el contrario, me veo inmortalizado en el bronce…, ved aquí, amado pueblo venezolano, la estatua conmemorativa de este héroe nacional bolivariano, de este mártir eunuco de la democracia… empalado en la reja- dicho esto con un tono solemne mientras, sentado en la cama, de espaldas a mi esposa, termino de desatarme los cordones de las zapatillas.

Me acuesto a su lado, deslizo mi brazo derecho sobre las almohadas hasta poder acariciar sus rulos. El calor aprieta, aprieta y mucho. El tema, sin embargo, se nos ha instalado. En los minutos que siguen charlamos y nos detenemos un instante sobre la desaparición de Gilber Caro, un legislador del país caribeño del que no se tienen noticias, ni del él ni de su asistente, desde hace dos semanas.

Comienza entonces, sobre el silencio de ella, mi retahíla de argumentaciones débilmente sustentadas en el derecho y los principios de la siempre difícil política internacional. El repaso y la correspondiente nómina de países aliados y enfrentados al socialismo del siglo XXI, las declaraciones públicas de los funcionarios, de acá, de allá, y del resto del mundo.

-Yo creo… –amaga a interrumpirme Kiki.

Sigo disertando, un verdadero plomo, sobre alternativas geopolíticas y estratégicas más complejas cuando mi esposa vuelve a interrumpirme:

-Yo creo…yo creo que sería necesario…

-Sus Fuerzas Armadas –me refiero a Venezuela-, sobre todo el ejército, con jerarcas muy fuertes, tienen apoyo regional, desde Cuba y también desde Rusia y en menor medida desde China. Por otra parte….

-Te insisto-  su voz la emparenta mucho con Morfeo aunque yo no lo advierta- creo que sería necesario…

-Si, Kiki, dale, te estoy escuchando. ¿Qué se te ocurre a vos que sería necesario en esta coyuntura?, ¿Llamar nuevamente a elecciones? …, ¿presionar más sobre la salida de Maduro?…

– Ehhhh…

– Dale…, decime.

– Yo solo creo que sería necesario traer de abajo el ventilador, ¡me estoy cagando de calor!!!

¡Al carajo mi esfuerzo y mis pretenciosas argumentaciones sobre política internacional!

Siempre es sano, en una pareja que, al menos uno de los dos, se mantenga conectado con la realidad.

¡Qué sueñen con los angelitos!!!