de Marina Hechem                                             

a Jorgito,

a Miguel Ángel

Corrían los años 50 en un pueblo con calles de tierra, casi caído de la provincia de Buenos Aires.

Ella, una maestra de menos de 30 años, criada en el seno de una familia trabajadora, bajo perfil, descendiente de un padre inmigrante español. Hombre taciturno, de poca palabra, panadero y de una madre chiquita de estatura, pero aguerrida, que ponía las reglas tanto en su preciado gallinero como en la casa y familia. Nunca acató ordenes de nadie la abuela Rosa.

Era “la del medio” con un hermano mayor, privilegiado por ser el primero y varón.  Favorecido por la indiscutible preferencia materna. Rebelde, autodidacta, transgresor, indomable, carismático. Tan trabajador como despilfarrador. Pero inimputable: era el varón.

Una hermana menor enfermera resignada a la soltería y cuidadora de los viejos. Mitigaba la desdicha de su silencioso destino entre el juego clandestino y fumar. Mucho.  En tiempos en que no era habitual en mujeres.

Desafiando mandatos de la época y a pesar de su investidura de docente, se enamoró de un hombre casi 20 años mayor, foráneo, de dudosa fama.

Él era buen mozo, seductor, con mucha calle y burdel en su historia. Políticamente incorrecto, capaz de arriesgar su vida antes de pronunciar la frase de esos tiempos: “viva Perón”.

Descendiente de padres sirios, con lo que ello implicaba, ya en los `50.

Amante de los burros, el juego clandestino que disfrutaba pasando noches enteras en mesas de juego.

Tanguero de ley, caballero auténtico (su lema era “…a una mujer no se le pega ni con una flor…”). Algo rígido en sus principios, en su casa no se decían malas palabras. Elegante, de vestuario refinado, zapatos relucientes. Era raro verlo sin gorra o sombreros hechos a medida. Y nunca sin barba o bigote.

Cuenta la leyenda que se conocieron en un baile a beneficio de la escuela donde ella trabajaba. Que había una especie de feria para recaudar dinero y él la habría conquistado con un gesto poco romántico: compro una costosa horma de queso y se la obsequió.

Poco bastó para que a fines de 1954 se casaran en una discreta ceremonia por civil. Ella solera de seda a rayas, él fino traje y corbata.

Hasta hace muy poco tiempo, ninguno de los hijos había preguntado porque no está el padre de la novia en esas pocas fotos en blanco y negro. Si están la madre y hermanos.

Los padres de él habían muerto mucho antes.

En el `55 nace su primogénito, que inmediatamente re-edita parte de la historia y se convierte en el preferido materno. Y lleva el nombre del padre.

En el `57 nace el segundo varón, un miércoles de ceniza recordaba siempre su madre. Lleva nombre ilustre: Miguel Ángel.

En el `59 nace la única mujer. Que no existieran ecografías, ni formas de conocer de antemano el sexo, no impidió que fuese la elegida de su padre (que a esa altura andaba por los 50). Esa particular comunión entre padre e hija desde siempre, haya sido, tal vez, el prólogo de constates desencuentros madre e hija. Quizás, sin saberlo, compitieron.

Así transcurría esa historia de amor. Los tres hermanos crecieron ajenos a lo probablemente hayan sido los rumores pueblerinos, acerca de la maestra abnegada, que se casó con un “turco” mujeriego, jugador y casi 20 años mayor. No olvidemos que esta historia trascurrió en los pagos de Manuel Puig, que osó ventilar intimidades de la comarca, lo que le valió el exilio de allí.

Feliz infancia la de esos chicos. Acostumbrados a vivir en la “casa de la escuela” que su madre dirigía. Aprendían casi jugando, amando y respetando el lugar(templo) de trabajo de su mamá. No entendían la vida sin libros, pizarrones, tizas, lápices, cuadernos. Laminas, “registros”, guardapolvos almidonados, zapatos lustrados.

Supieron que era la vocación observándola a ella, año tras año redactando los discursos. A veces, hasta altas horas de la noche, a la luz de un farol que él se encargaba de encender antes del corte de luz.

Supieron que era ser un caballero y una dama, del encuentro en el club con amigos, del valor de la palabra, de la lealtad. Y que “las deudas de juego son sagradas”.

Heredaron una interesante combinación de rasgos. Algunos dominantes, que hasta hoy los definen: buenos estudiantes, responsables, lectores voraces y cuidando las apariencias, como insistía mamá.

Justicieros solidarios, amantes de los animales, temperamentales (cada uno en su estilo) cultivadores de la amistad, como veían a papá.

Respetuosos, comprometidos, buenas personas, buenos padres, buenos hermanos, buenos amigos, como veían a ambos.

Con mucho esfuerzo y seguramente algún sacrificio, lograron que los dos mayores, alumnos ejemplares, sobresalientes, ingresaran a la Universidad.  Y estos no fallaron: vivieron austeramente, trabajaron cuando pudieron, académicamente al mejor nivel. Nunca llevaron un problema a casa, excepto el haber elegido carreras que causaron desconcierto por desconocerlas, “raras” para la época y el lugar: Geología y Ecología.

Todo transcurría serenamente. Y eso que eran “los `70”.

A punto de egresar del secundario la menor, con firme plan de estudiar Medicina (nadie se alarmó, era una carrera normal). Nunca fue tan brillante ni sobresaliente como sus hermanos, pero los padres la apoyaron como a ellos.

Entonces cae el rayo fulminante: el padre de familia se enferma. Cáncer. Del peor, pronóstico y escasísima sobrevida.

Tiempos agrios que a pesar de ser solo dos meses parecieron interminables. Ellos iban y venían de La Plata, cursaban cuando y como podían. La menor intentaba, con sus 17 años, conciliar entre los festejos del fin del secundario y ayudar a su madre a cuidar al león herido de muerte.

En el medio de tanta oscuridad se consolidó esa luminosa complicidad entre padre e hija.

Desde que los dos varones dejaron la casa para ir a estudiar, padre e hija vivieron un idilio (que nunca convenció del todo a madre -esposa). Entre ellos había secretos, inocentes trampas como ocultar todo lo que a ella se le antojaba y el padre le compraba.

O siendo una adolescente, de blanco guardapolvo, engatusar a la policía que interceptaban su paso en la vereda. Revisaban los bolsillos de él buscando esos característicos papelitos llenos de números, prueba de que “levantaba quínela”.

Frio, frio, nunca hubiesen sospechado que esa tierna colegiala llevaba (como un botín) esas pruebas entre los útiles escolares.

Claro que la directora jamás se enteraría de estas travesuras.

Con su cuerpo cada vez más frágil y doliente, le pedía a su hija que lo llevara en auto al club, o a dar un paseo al sol. Apenas podía tenerse en pie, casi no comía. Algunas tardes escuchaban en el tocadiscos los tangos que él se sabía de memoria. Ella tomaba nota de todo lo que él indicaba. Hasta el nombre de aquellos que le debían plata del juego. Sabía que se moría e intuía que vendrían tiempos difíciles para todos.

Mientras la madre trabajaba en la escuela ellos compartían lo que fueron, tal vez, los días más intensos de ese vínculo. Ambos sabían que debían aprovechar el tiempo.

A los 2 meses del diagnóstico él estaba internado. Su cuerpo enfermo ya no resistía. Una mañana de septiembre pidió que fueran a buscar a su hija al colegio. Quería a toda su familia junta despidiéndose.

Y así dignamente como vivió, murió poco antes de que terminara el día. Era 24 de septiembre de 1976.

Tenía 67 años, su esposa 49, hacia 22 años que estaban juntos.

Los hijos tenían 21, 19 y 17 años.

Lo velaron en la casa de la panadería familiar. Y todo el pueblo desfiló por allí, jóvenes, compañeros de ella, amigos de él, familiares cercanos y lejanos. Algunos “cirujas” del pueblo a quienes seguro él habría vestido, alimentado o dado alguna moneda.

Y si bien la muerte fue aquel primer dolor indescriptible, que aún se siente, era peor ver su sufrimiento. Desgarrador. Deterioro feroz, cuerpo cadavérico, dolor que se percibía lacerante e insoportable.

La muerte fue definitivamente encontrar la paz. Y desde entonces, tengo la certeza de que el tránsito hacia la muerte puede ser una de las etapas más vitales de un individuo.

Que se pueden ordenar cuestiones que facilitarán el después a los que quedan, despedirse, hablar en profundidad de temas que quizás no se hablen en una vida entera. Reforzar legados (aun de la identidad y los vínculos)

Que, si cada uno encuentra el hilo conector, permitirán al que se va tejer la trama inicial de lo que será, de allí en más una familia en la que siempre estará presente, aunque no físicamente.

A esa altura, las cosas amenazaban con complicarse con los dos en la facultad y una a punto de egresar. Aun con la generosa ayuda del tío y la panadería, podría no ser fácil.

Sin embargo, la trama base del tejido inicial se continuaría: el mayor pronto se graduaría y trabajaría.

El del medio le propuso a su madre sumar a la tarea docente trabajar en turismo, área no explotada en la ciudad. El mismo sería su “socio” y trabajaría a la par.

Y así, en tiempo sin redes sociales, ni internet, con teléfonos con operadora llevaron el proyecto adelante.

El repartía su tiempo entre facultad y el turismo.

La menor, un tanto aturdida por tanto en tan poco tiempo, egresó, se emocionó, bailó en la fiesta de egresados sin su papá, y entre lágrimas y risas se fue a estudiar Medicina. En algún momento le sugirió a su madre quedarse con ella postergar o cambiar planes. Por supuesto que la sugerencia ni se tuvo en cuenta.

Sus hermanos fueron sus guardaespaldas, guías, consejeros en todo orden. Cuidadores tiempo completo.

Eran los` 70 en La Plata.

Aunque podría decirse que hoy sigue siendo así.

Al cabo, los tres profesionales fueron el orgullo de esa viuda joven, que a pulmón y quien sabe con qué costo había logrado su sueño. Que los tres hijos se graduaran en la universidad.

Quien sabe cómo habrán sido esos días… al menos los primeros. Posiblemente con apremios económicos, sin ese hombre fuerte, protector, padre de sus hijos y amor de su vida. Pensar que ella ni siquiera había aprendido a manejar el auto.

Nunca mostró flaquezas. Ni se quejó. Su carrera fue la más completa a que un docente pueda aspirar.

Viajaba a ver a sus hijos, cuando no les hacía llegar puntualmente las encomiendas con comida casera. Mantenía intacta esa curiosidad intelectual, que todo quería leer y saber.

Y vinieron los nietos, y la feliz abuela tejía, cosía, viajaba a verlos donde fuera. Pero el duelo que nunca resolvió fue que ninguno de sus hijos volvería a vivir al pueblo.

Ellos siempre trataron de no fallar, estar presentes, cuidarla, facilitar en lo posible la vida de esa madre a quien vieron remontar la tormenta solo pensando en sus hijos.

La mimaron, buscaron la forma de que ella concretara anhelos pendientes como viajar, conocer la tierra de su padre. Estaban atentos a eventuales necesidades en la casa, el confort, la salud.

Cuando ella se jubiló, dio rienda suelta a lo que más le gustaba. Pasaba el año viajando a casa de sus hijos, disfrutaba el abuelazgo. Pero no descuidaba su casa, sus plantas, su perro, su hermana, sus fieles amigas de toda la vida. Cosía, tejía, cocinaba. Y seguía leyendo y participando de actividades pedagógicas y culturales. Actualizada, informada, inquieta, curiosa, coqueta.

Alrededor de sus ochenta, algo, apenas perceptible para quien no la conociera empezó a cambiar. Inicialmente la memoria, después el carácter y la conducta. Finalmente, aquello que fue lapidario: descuidó su arreglo personal, su vestimenta. Ella era de las que antes de ir al mercado se pintaba los labios e iba una vez por semana a la peluquería.

Fue el comienzo del fin. Otro duelo. Atroz, que con los días empeoraba, la angustia crecía. Peor que la ausencia. Ver como cada día moría un poquito, irremediablemente. Aquellos tres que hubieran dado la vida por evitarlo, no pudieron más que contemplar, impotentes, quebrados, como esa guerrera iba mutando en alguien dependiente, frágil, indefenso, incapaz hasta de percibir su propio estado.

Demencia. Brutal, implacable, arrasadora de todo lo que un ser humano fue, casi hasta dejarlo sin nombre.

Algo notable, que actualmente en la familia se recuerda con humor, fue que aun en tiempos que apenas podía decir su propio nombre, continuamente pronunciaba el de su hijo mayor. Él, que nunca se hizo cargo de ese lugar oscilaba entre la sonrisa y la tristeza. Perplejo, se divertía con los hermanos cuando estos se autoproclamaban excluidos del lugar de hijos, ofrecían el trono al primogénito (“Luz”) y sobreactuaban la victimización. Siempre en un clima tierno, afectuoso. Intentando recrear algún gesto, reacción o palabra de su madre, que les diera esperanza de que alguna célula sobrevivía a la podadora de recuerdos.

Poco antes de cumplir los noventa, en medio de su habitual siesta de invierno, ella no despertó.

Nuevamente esa sensación conocida de alivio amargo. A pesar del dolor y la sorpresa por lo repentino, los tres creyeron que finalmente llegaba la paz. Hacía mucho que había dejado de ser quien fue. Un cuerpo gastado que apenas se sostenía en pie. La capitana del barco que surcó mares bravíos, naufragaba agobiada.

Ninguno de los tres es de práctica o creencia religiosa evidente, pero no hay duda que los tres habrán pensado: ahora si, en algún sitio volverán a estar juntos.

Pasaron cuarenta años de la muerte del él.

Ella muere a los casi 89. Los hijos tienen 56, 59 y 61 (recién cumplido).

Tal como ocurrió con él, una mañana soleada, el ataúd de ella quedo en un nicho no muy lejos del su esposo.

Será uno de esos maravillosos enigmas que hizo que los tres hermanos mantuvieran el sentimiento de que había algo pendiente. Y sin acordarlo previamente decidieron que debían volver a unirlos de algún modo que no fuera solo simbólico.

Y – nuevamente- en una mañana muy soleada, a los pocos meses de la muerte de ella, los tres presenciaron aquel que fue quizá uno de los momentos emocionalmente más intensos de sus vidas.

Los empleados del cementerio extrajeron del nicho el ataúd de él. Tras cuarenta años, todo estaba intacto. Desde la madera hasta los dientes.

A su lado intacto, nuevo, el ataúd de ella. Junto a él después de 40 años. Y con sus tres hijos adultos, unidos, preparando amorosamente la morada definitiva.

De pronto, en medio de algo que podría parecer traumático o impresionante, se generó un clima cómodo, agradable, tranquilizador. Verdaderamente familiar. Así era, volvían a estar los cinco juntos. Papá y mamá custodiados por la invencible hermandad de ese trio poderoso. Todo estaba en orden. Podrían ahora si irse juntos. Esta vez para siempre, uno junto al otro. Literal y realmente, en la misma sepultura. En cada pala de tierra que caía sobre ambos, iban mensajes acompañantes de la eternidad.

Hace poco tiempo y como para adornar aún más la leyenda de esta pareja de vanguardia, repasando recuerdos, una tía (de esas que guardan la memoria) reveló el secreto que ya era a voces. El padre de la novia no está en la foto porque ella estaba embarazada.

Y ahora si todo cierra. La temprana muerte de él, incomprensible entonces que permitió que hoy, después de cuarenta años sus restos pudieran “reducirse” y descansar junto a ella.

Se me ocurre que lejos de reducirse, esos restos se agigantaron.

Juntos cruzaron sus genes y dieron vida. Juntos sus huesos, y en la madre tierra, seguirán dando vida.

Los hijos, conmovidos por la ceremonia, respetuosos del clima del momento, tienen la satisfacción del deber cumplido. Saben que nada podrá separarlos. Supieron esperar, y unidos como les enseñaron, se atrevieron a refutar el clásico “hasta que la muerte los separe”. Como si ese fuera su legado más fuerte.

Poco quedó pendiente.

Con papá la escasez de tiempo que impidió compartir momentos vitales y del desarrollo personal de cada hijo, en lo que tanto tuvo que ver como modelo. Aunque siempre estuvo ahí. Los tres lo saben.

Con mamá, quizá no haber podido preguntarle más acerca de esta pareja que rompió mandatos, derribó prejuicios, y siguió adelante en “pueblo chico “.

A los dos no haber podido anticiparles que la muerte los uniría.

Gral. Villegas 20 / 03/2017

Cementerio municipal

Él: 108 años

Ella: casi 90 años

Jorge: 62 años

Miguel: flamantes 60 años

Marina: 57 años