para Matías, con el orgullo de verlo transitar,

 de la mejor manera, senderos que me son familiares

Desde que recuerdo siempre he sentido una particular atracción por generar humor, y si eso lo consigo distorsionando una idea sobre hechos o personas, mucho más que mejor. Me refiero a esos juegos de palabras o de situaciones capaces de conducir a mi interlocutor –de forma imperceptible– hacia escenarios absurdos creados dentro de mi cabeza. Pequeñas travesuras cotidianas, diálogos tan espontáneos como intrascendentes, desprovistos –huelga la aclaración–  de toda intención de engañar, estafar o aventajar a otros.

Dueño de una imaginación un tanto saltarina, me causa muchísima gracia, encuentro diversión, en fantasear hasta dónde podrá llevarme esa secuencia. Me estimula encontrar el pie para lograr un efecto que, iniciado desde una sorpresa, pueda concluir, de manera habitual, con una sonrisa cordial y compartida de mi víctima.

Algo por el estilo sucedió esta semana. Mantuve varias charlas con Matías – el mayor de mis hijos, médico – acerca de la posibilidad de llegarnos hasta Miramar. Su objetivo: realizarle una pequeña intervención quirúrgica a uno de mis tíos, Osvaldo, el menor de los hermanos de papá. Hablamos ayer por la mañana para ultimar detalles y allí surgió –ante mi pregunta – que no contaba con el instrumental propio necesario para esa intervención: “No papá, hace un tiempo ya que me robaron la  caja que tenía” me confesó, algo apesadumbrado. Dos horas más tarde nos encontramos en un comercio que se dedica al rubro, frente al viejo hospital San Martín, un negocio antiquísimo establecido allí desde antes de que yo naciera y que no había visitado en las últimas décadas.

Nos atendió una empleada muy joven, amable y predispuesta, solo ella y nosotros estábamos en el local. Fuimos de cabeza al sector donde se muestra el instrumental, colgado de manera prolija, en un exhibidor.

Matías descolgó cuatro pequeñas pinzas de acero inoxidable, dio media vuelta y las depositó en el mostrador.

– Llevemos, para empezar, estas pinzas de campo.

– Pinzas de campo, sí, pero… ¿qué pinzas?– lo interrogué yo. La vendedora, espectadora atenta, abrió grande sus ojos y enarcó las cejas.

– Discúlpenme, no conozco los nombres, soy muy nuevita en esto– aclaró, al tiempo que encogía sus hombros.

– Esas son pinzas de primer campo de Backhauss– declamé yo al instante– ¿que no es lo mismo que las de segundo campo de Doyen, no? –  agregué divertido, con un dedito en alto.

 Cualquiera que me conozca un poco sabe que soy una especie de enciclopedia de datos inútiles (Homero Alsina Thevenet dixit) y no pierdo la ocasión de entretenerme con enumeraciones, con recitar nombres, fechas, citas o cualquier cosa que se le parezca.

No resigné la oportunidad de seguir con el show y comencé a señalar uno a uno los instrumentos que tenía ante mí: “pinza de Pean, Crile, Kocher, pinza de mano izquierda, de Halsted…”  continué, con aire doctoral por momentos y más teatral en otros. Nombré unas cuantas más. En alguna de esas menciones me permití agregar una breve referencia histórica u otro particular detalle sobre sus prestaciones. Matías cabeceaba con gestos divertidos mientras la empleada mantenía con ambos una actitud amable, fluctuaba entre la expectación y el desconcierto. No tengo dudas que una pregunta se había instalado ya, de manera insistente, dentro de su cabeza: “¿De qué museo puede haberse escapado este viejo plomazo?”.

La recorrida me llevó a un portaagujas, un instrumento clásico de la cirugía tanto humana como veterinaria. Lo tomé con mi mano derecha, lo accioné un par de veces y me di vuelta extendiendo mi brazo.

– Y a éste, ¿lo conocés?– se lo ofrecí a mi hijo– No debería faltar en esta caja, es muy bonito y me parece de un tamaño justo.

– Uhh, papá, ¿Qué es eso? ¿Un portaagujas, no? ¿Pero, cómo se abre?

– Éste es un portaagujas de Mathieu– le contesté recuperándolo. Lo abrí y lo cerré varias veces para mostrarle su funcionamiento.

– Fijate bien, ésta es la manera correcta de utilizarlo, se lo debe tomar con todos los dedos, abrazándolo, transformándolo en una prolongación axial de nuestra propia mano– acompañaba mis palabras con gestos ampulosos, pronaba y supinaba mi antebrazo como si suturara el aire, conduciendo la aguja.

La cosa siguió más o menos así durante unos minutos. Pedimos que sumara los importes y, conformes con el precio logrado, aguardamos a que nos facturara.

Me motivaba particularmente esa situación, disfrutaba el momento de reproducir con Matías algo parecido a lo que mi padre había hecho conmigo muchos años atrás. Extraje mi billetera y le extendí a la empleada la tarjeta de débito acompañada  por mi documento. Mi hijo seguía con sus exploraciones en el exhibidor.

– Qué bueno– me dijo al tiempo que me ofrecía el ticket para que lo firmara – Se nota que le está enseñando.

Me incliné apenas sobre el mostrador con la actitud del que intenta contar algo con cierta reserva para despertar, de esa manera, la curiosidad de su interlocutor. Sostenía aún la billetera abierta entre mis manos.

– ¿Enseñarle yo?– Dicho todo en un tono muy bajo– ¡No! ¡Por favor! nada más alejado, mi hijo es urólogo, ya lleva cerca de veinte años en la especialidad. Opera muy bien, como mi viejo que era un maestro de la cirugía, pero yo…– saqué mi credencial del CALP para ponerla delante de sus ojos– bueno…yo soy abogado.