Esa tarde no debe haber sido de las más propicias para estar en la playa. Es muy probable que, debido a ello, mi viejo decidiera cumplir con la promesa de visitar a Paco en su lecho de enfermo.
Nos acomodamos todos en el DKW, papá, mamá, Alicia, Horacio, la tía Chola –infaltable durante los veranos – y yo. Después de una hora de viaje por la ruta 88 en dirección al sur, dejando atrás el cruce que empalma con el camino de tierra a Mar del Sur, llegamos al campito próximo a la zona de la vieja estación de servicios “San José”.
Los Menéndez eran, o al menos eso me parecía a mí, una familia muy particular: tres hermanas mujeres, Manuela, la mayor, Julia y Esther, la menor –la única casada –, junto a tres hermanos varones, Pedro, Segundo y Gumersindo –todos lo conocían como Paco –, también solteros, aunque este último mantenía un noviazgo con Nélida desde hacía más de veinte años. Bien grandecitos todos, vivían –con excepción de la menor – en su casa del campo, sobre la ruta 88: los hombres –con esa mezcla de sencillez y rudeza propia de su estirpe – dedicados de llenos a los quehaceres rurales, las mujeres –de modales muy simples – cocinando y manteniendo la casa. La relación con mi familia debía venir de muchos años antes y una mutua corriente de aprecio y amistad entrelazaba sus destinos.
El porqué de nuestra anunciada visita –como queda dicho – estaba directamente vinculado a la convalecencia del buenazo de Paco. El pobre –por esos días – cursaba algo así como el sexto mes de postoperatorio de una complicada cirugía en la cabeza del fémur, realizada en La Plata por el profesor Rodolfo Cosentino. No recuerdo con precisión el motivo de la misma, aunque tengo indicios para conjeturar que fue destinada a tratar una tuberculosis ósea.
Probablemente por esa enfermedad, el paciente –después de permanecer en nuestra ciudad más de dos meses – continuó su recuperación en el hogar, manteniendo inmovilizado el miembro –mediante un generoso yeso pelvipédico – desde la planta del pie hasta la cintura.
No era ajeno a nada de esto mi viejo, al contrario, era habitual que cualquier persona de la zona –más o menos vinculada a la familia – viajara a La Plata y recurriese a él cuando un problema de salud los preocupaba. Si estaba dentro de su competencia, él lo resolvía y si no –como en esta oportunidad – efectuaba la derivación justa, sin desentenderse en absoluto del enfermo. Particularmente en este caso, papá intervino activamente, no sólo ayudando en el acto quirúrgico, sino concurriendo a diario al sanatorio para supervisar en forma personal la recuperación.
Dejando atrás la tranquera recorrimos el sinuoso sendero, flanqueado aquí y allá por algunos eucaliptos añosos, hasta detenernos a la sombra de uno próximo a la casa, rodeados por tres cuzcos que no paraban de ladrar.
La vivienda era una construcción simple, con ambientes de generosas dimensiones, como es costumbre en el campo. A poco de llegar nos instalamos todos en la amplia cocina. Comenzó pronto a circular el mate, acompañado no recuerdo bien si con escones o con alguna pastafrola. Lo que sí tengo presente es que al ratito nomás, mi viejo quiso ver al enfermo y fue acompañado hasta la pieza por Pedro, Segundo y Manuela, los hermanos mayores. Yo me quedé con el mujererío, que charlaban animadamente, aunque mis pensamientos se habían transportado también hasta el cuarto contiguo.
No sé si argumenté algún pretexto –porque está claro que la enfermedad no les incumbe a los chicos – o si solo me fui desplazando en forma lenta hacia el escenario que atraía fuertemente mi curiosidad. De lo que si estoy seguro es que me introduje subrepticiamente en el dormitorio de Paco para no perder un solo detalle de lo que allí ocurría y que alimentaba algo que por esos tiempos semejaba emparentarse bastante con una creciente vocación.
El conjunto parecía –evocándolo hoy – copiado de alguna pintura de Velázquez o escapado del relato Las cautelas de los médicos escrito en el siglo XIII por el genial valenciano Arnau de Vilanova. El enfermo –en su cama – ocupando el centro de la escena, bajo el cono de luz amarillenta y pálida de una lámpara central que descendía casi sobre su cabeza. A su alrededor, sobre un piso de baldosas rojas relucientes, formando un espacioso círculo, los hermanos varones, además de Nélida junto a la mayor de la familia y, sobre la derecha del paciente, mi viejo, dueño absoluto de la situación que, con voz pausada, hacia comentarios vinculados al caso, ante la mirada atenta del operado y el silencio respetuoso de quienes lo rodeaban. La penumbra existente en el cuarto, hacía que se respirase en él una profunda intimidad.
Moviéndome con discreción, me ubiqué en un lugar preferencial, desde donde no perdía no sólo ninguna palabra, tampoco ningún ademán de los protagonistas. Mis ojos y mis oídos bien abiertos para no dejar escapar ni el más mínimo detalle, satisfaciendo de ese modo mi juvenil curiosidad.
No hubo ningún indicio de que alguno de los presentes hubiese registrado mi ingreso. De manera automática pasé mi brazo derecho por sobre el hombro de papá, apoyándome sobre él, mientras seguía con atención el retiro de algunas vendas y la exposición del miembro operado. Jugaba distraídamente mientras tanto toqueteándole la oreja, tirándole del lóbulo o recorriendo suave y cariñosamente con el pulpejo de mi dedo índice los recovecos de su pabellón auricular.
Sin apartarme ni un instante de aquello que veía, esforzándome por retener cada uno de los gestos y de las palabras, comencé –sin dejar de jugar con mi mano derecha – a refregar mejilla con mejilla, a aplastar la punta de mi nariz contra sus sienes. Me iba recostando y pegando, cada vez más, al cuerpo de papá.
Algo debió sobresaltarme en un momento, debió sacarme de ese estado de ensimismamiento, porque –repentinamente – caí en la cuenta que mi viejo estaba justamente enfrente mío, separado –calculo – por unos dos metros. ¿A quién demonios estaba franeleando entonces ?
Lenta, muy lentamente, sin mover un solo músculo de mi cuello, mis ojos giraron tratando de identificar al agraciado. Y ahí estaba Pedro, rojo como un tomate, tirando a violáceo, rígido, pétreo, soportando con entereza los cariñosos jueguitos del “hijo del dotor”. Nadie –salvo nosotros dos – parecía haber advertido algo extraño, por lo que comencé a soltarlo despacito, poco a poco, haciéndome bien el distraído y así –disimulando como perro que pateó la olla – me volví lo más pronto que pude a la cocina.
Allí seguían con el mate y con la charla, de manera que rápidamente olvidé lo acontecido, al punto que ni siquiera mencioné el suceso en el viaje de regreso a Mar del Plata. Fue solo al día siguiente, en el balneario de Punta Mogotes, cuando al relatar la anécdota a las carcajadas, mis viejos, Chola y mis hermanos a punto estuvieron de morir ahogados de la risa.
Quiso el destino que unos años más tarde le tocara el turno de viajar a La Plata a mi “querido” Pedro, afectado por un cáncer del labio inferior. Papá fue el encargado en esta circunstancia de realizar la operación, en el Instituto Médico Platense, y yo, que ya había avanzado en mi carrera, lo secundé como ayudante. Debido a esto, volví a verlo en más de una oportunidad, sin que por supuesto existiera ni una sola mención a los “mimos” en su casa del campo: él, debido casi con seguridad a su forma de ser un tanto retraída y yo, porque para esa altura ya estaba bastante crecidito y mi elección sexual no me dejaba lugar alguno a las dudas.
Nota: este relato fue publicado en Pinceladas, Ed. Dunken/2008
Risueña la » anécdota «. Muy interesante la descripción de los hechos; como haberlos visto en una película; más aún como testigo de visu. Te felicito. Tony
Gracias Tony, me divierte recordar y poder contar esos momentos graciosos de mi vida.
Divertido recuerdo!!!!
Hubiera estado bueno saber que pensaba Pedro al respecto!!!
Ya fue..queda lo historia y la sonrisa al recordarla
Jajajaj, no se me ocurrió nunca qué pensaría Pedro. Si creo que fue un momento heavy para ese paisano. Quizás lo que me sacó de mi ensimismamiento fue el calor intenso que irradiaba su cara incendiada. Gracias Sara!!!!