A Gabriela Tabarly,

                                                                                 a su hermoso sentido de la vida,

a la maravillosa profesión de obstétrica que honra cada día.

Gaby ha esperado tanto este encuentro en el último tiempo…

Gaby ha imaginado esto muchas veces en los últimos meses…

Gaby y su mamá son dos más dentro de la muchedumbre que aguarda sobre los viejos adoquines de la plaza San Pedro, pero el destino -o vaya uno a saber cómo se llama eso-  hace que integren un pequeño grupo, un puñado, unas decenas de privilegiados que podrán asistir desde muy cerca al paso del Papa en su recorrida esta mañana.

Ríen, se miran, se excitan ante cada señal que anuncia que Francisco está un poco más cerca. Largan frases nerviosas, cortitas, disfrutan con inusitada intensidad este momento que atrapa infinidad de instantes.

El papa venido desde el fin del mundo llega. Camina entre besos, abrazos, lágrimas y manos estiradas.

Nada lo separa ahora de los fieles, tampoco de los sin fe, todos emocionados por igual.

Francisco llega frente a ellas, el acento argentino y, por qué no, un rostro tan bello como transparente parece detenerlo un segundo más.

-Bendígame las manos, padre –Gaby se preguntará después, una y mil veces, cómo llegaron a su boca estas cuatro palabras; ahora eleva sus brazos ofreciéndolas ante la cara de Francisco –hago partos con ellas.

El Papa se detiene al instante, parece sorprendido.

– ¿Hacés partos? –La misma entonación que usaba el padre Jorge en Buenos Aires –Es el trabajo más maravilloso del mundo, traes la vida –envuelve las manos de Gabriela con las suyas e inclina su cabeza en silencio.

Gaby siente que querría detener el tiempo para siempre.

 Francisco sigue aún ahí con su sonrisa calma, mantiene las manos de Gabriela entre las suyas.

 –Quiero pedirte un favor –le dice-necesito que bendigas a los niños que mueren al nacer.

 –Es lo que hacemos, padre.

–Tus manos tienen que bendecir a esas criaturas, prometeme que lo vas a hacer.

Gaby asiente con su cabeza, no puede ya articular palabras, lágrimas de felicidad empapan su luminosa cara.

Recobra por un instante sus sentidos para alcanzarle a Francisco un sobre rosa y celeste. –La escribió mi hija Juanita con especial cariño para usted.

Francisco ya se aleja, uno de sus acompañantes toma el sobre, Gaby alcanza a ver que besa a su mamá.

Francisco sigue su camino.

Gaby tuvo una inspiración hermosa, de conmovedora y profunda generosidad. Le ha pedido al Papa que bendiga sus manos, sus diestras manos de partera.

No pidió para ella, ni para su familia, sino por sus embarazadas y por todos los críos que llegarán al mundo a través de su arte, en su lejano Miramar.

Desbordada, conmovida, no ha extraviado ni por un momento la noción de la entrega a esa vocación, esa que sostiene contra todas las dificultades, hastíos y cansancios, pero que una vez más le confirma que no se equivocó al abrazarla, al regalarle su alma.

Gabriela aprieta con fuerza dentro de su mano el rosario bendecido que acaban de obsequiarle. Siente con una certeza inacabable que tanto sus manos laboriosas como su corazón inmenso y cálido no se cansarán nunca de convocar la vida.

Este relato fue publicado en «LUZ MAGENTA y otras historias» de Editorial Scotti, año 2016.