Tardé en recibirme algunos años más de los que mi familia y yo hubiésemos deseado. No obstante ello, necesité de poco tiempo para convencerme que sólo si lograba formarme de la mejor manera, podría algún día adquirir la necesaria autonomía para desempeñarme correctamente en la especialidad que fuese a elegir. Desde siempre admiraba muchísimo a papá y era obvio que la elección de la carrera apuntaba sin dudas, a que pudiese convertirme –como él –en cirujano.
El mejor camino –en nuestro medio –era y es la residencia hospitalaria por lo que, habiendo aprobado el examen respectivo, a menos de un año de mi graduación, logré ingresar en la muy buena de cirugía general del Hospital San Roque de Gonnet.
Fueron los cuatro años más intensos y productivos de mi vida, tiempos de aprendizaje pleno, de trabajar mucho, estudiar más, comer poco y dormir menos. Tiempos de compartir a diario con el pequeño grupo de mis compañeros todas las tareas, las alegrías y los sinsabores. Tiempos de lectura, cirugías, emociones y amores.
Estoy convencido que enfermé absolutamente de la residencia y que ésta como diría Daniel Fígari –experimentado cirujano y Director del Hospital – es una enfermedad que una vez contraída no se cura jamás.
Conservo una enorme gratitud por ese querido hospital y por todos aquellos que me acompañaron, ayudaron y enseñaron. Por sobre las inevitables angustias y tristezas que la actividad quirúrgica genera, recuerdo muchísimos momentos gratos y emotivos y algunos de ellos –como los que relato– que aún hoy me provocan sonrisas…
Cursaba para ese entonces –con gran entrega y sacrificio – los primeros meses de la residencia. El ritmo de trabajo era realmente abrumador, con sala durante las mañanas de lunes, miércoles y viernes y quirófano las de los martes, jueves y sábados, complementadas con toda la rutina de formación que se extendía hasta las últimas horas de la tarde. Intercaladas, atención de consultorio de curaciones con la obligación de resolver entre treinta y cuarenta pacientes en solo una hora, dos guardias semanales y cirugía experimental con perros, los miércoles y jueves más la pesada carga de tener que conseguir los canes, operarlos, sacrificarlos y enterrarlos o gestionar su adecuada desaparición.
En ese contexto y por aquellos días fue que conocí a don Juan, un carnicero jubilado, franco y campechano, que ingresó en el Servicio para someterse a cirugía por sendas hernias inguinales.
Una desinteligencia en la tramitación de los estudios de rutina prequirúrgica, hizo que permaneciera internado –fuera de lo habitual –desde unos tres días antes de la fecha programada de la cirugía.
Esto contribuyó a que dialogáramos bastante y de allí surgió que uno de sus hijos seguía atendiendo la carnicería, estando el negocio de marras ubicado a solo dos cuadras de mi domicilio.
La espera obligada, la vecindad y por sobre todo la buena onda del paciente y el establecimiento de una mutua simpatía, cooperaron para que en ese lapso me hicieran llegar hasta mi casa un generoso paquete de carne, chorizos y huevos caseros de excelente calidad.
El jueves fue el día de la operación. Como solíamos hacerlo en esos casos, intervinimos sobre ambas ingles simultáneamente, un residente de primer año como cirujano, secundado y tutelado por un médico de planta a cada lado del enfermo. Yo operé ese día la del lado izquierdo: para la estadística mi segunda hernioplastia inguinal, para el recuerdo, el más grande hematoma post operatorio que haya visto jamás.
El control del sangrado es un punto clave en el desarrollo de esa cirugía en particular y estaba claro que algún vasito traicionero había quedado chorreando de mi lado. Fue necesario –al día siguiente –regresar al quirófano con Juan y efectuarle una toilette que de manera rápida solucionó el problema, dejando como testimonio la infiltración negro intenso de los tegumentos, desde el ombligo hasta la rodilla.
El buen hombre no demostraba contrariedad alguna y a pesar de que la internación se había prolongado demasiado, conservaba intacta su simpatía y amabilidad.
El lunes a la mañana –como todos los días –procedía yo con la curación acostumbrada. Al pincelar la piel con antiséptico en la zona de los genitales, levantando el escroto entre el pulgar e índice de mi mano izquierda, escuché a don Juan que rompiendo el silencio –con las manos detrás de la cabeza y la mirada clavada en algún punto del cielorraso –me interrogaba:
– Y doctor … ¿qué me dice de los huevos?
– Bueno… mire… -me sorprendí con la pregunta- …están negros, muy negros – contesté yo culposo.
– Vio doctor, son de campo – prosiguió él sin inmutarse, en obvia referencia a los que me había regalado.
Largué todo y abandoné la sala ahogado por la risa. Creo que a don Juan terminé de curarlo al día siguiente.
Muy bueno Alberto. Dan ganas de hacer una residencia. Por tu exposición ni un día sin algún sobresalto, tristezas tal vez por lo irreparable, mechadas con alegrías que ojalá hubiesen sido muchas y finalmente un cúmulo de anécdotas a tenor de la comentada. Entiendo queda a los residentes una especie de «fiebre» eterna contraida en ese lapso de vida. Cuando nos veamos te contaré el origen de «fiebre». Un abrazo. Tony.
Es un cuento/imagen que me transportó a la escena. Muy bueno