de Jorge Yariv

Nací en La Plata, Argentina, el 9 de Julio 1947, a las 11 de la mañana, durante el desfile patrio por la calle 7. Según me contara tantas veces mi papá, los tranvías y los automóviles habían dejado de circular por la avenida y la gente se aglomeraba agitando banderitas y luciendo escarapelas celeste y blanco. Mi mamá dio a luz a media cuadra de ahí, en la casa de mis padres, en 55 entre 7 y 8.   Pocos meses después, en mayo de 1948 –tras el voto positivo de un gran número de países latinoamericanos, de la Unión Soviética y de los Estados Unidos en las Naciones Unidas –nacía el Estado Judío en su tierra histórica.

Mis abuelos y otros parientes comenzaron a llegar desde Europa a la Argentina a mediados del año 1893 y lo hicieron hasta enero de 1925, huían de las persecuciones y discriminaciones contra los judíos. Por otro lado, aquellos familiares que decidieron no emigrar de Europa, murieron en 1941, seis años antes de mi nacimiento, en caminatas de la muerte o empapados por el agua helada de grandes mangueras de bomberos, en la intemperie de un terrible invierno, a manos de los ejércitos de la Alemania Nazi y de Rumania. De una manera u otra acabaron congelados, solo uno de ellos vivió para contarla.

Quien esto escribe nunca habría nacido si Argentina no hubiera tenido, en la época en que llegaron sus abuelos, una política de estado que estimulara la inmigración, política que se mantuvo por varias presidencias. Papá, que llegó con sus padres cuando tenía 10 años de edad, sin haber podido nunca ir a una escuela, ya era alumno del Colegio Nacional Universitario de La Plata dos años después de inmigrar. Por todo eso estoy agradecido a la Argentina.

Comencé a conocer la existencia del Estado de Israel, era yo un niño, mientras acompañaba a mi abuela a la Central de Correos de La Plata. Ella llevaba paquetes con latas de Viandada Swift. Llenaba una caja de cartón con esas latas y la envolvía con un lienzo blanco. No ataba el mismo, con soga, sino que lo cosía, dejando un lado abierto para posibilitar la inspección del empleado de turno, todo eso, según la ordenanza postal de aquella época. Enviaba esos paquetes a sus amigos que habían emigrado de Argentina a Israel, país donde había un fuerte racionamiento de alimentos básicos propios de un Estado en sus primeros y complicados años.

Israel y yo, contemporáneos, éramos dos chicos que dependían de alguien que los alimente. Israel, en esos años tan difíciles, recibía inmigrantes de setenta países y eso hizo que se triplicara la población en pocos años.

Yo nunca tuve alguna educación judía formal, pero a los catorce años se me presentó la oportunidad, como parte de un grupo de jóvenes, de viajar en un barco y conocer un país tremendamente pobre, en crecimiento y con peligro de destrucción total. A partir de ese momento viví con un sentimiento de doble lealtad – no necesariamente opuesta – hacia Argentina e Israel. No era fácil decidir en cuál de los dos países se desarrollaría mi vida adulta. Si en Argentina, donde salvaron su vida y progresaron mis abuelos, donde yo nací, crecí, donde vive mi familia y mis amigos, o en Israel, donde pude y puedo ayudar a construir y defender ese país para el pueblo judío y saldar así una deuda con mis antepasados que sufrieron tanto durante muchos siglos…, hasta el momento en que Israel y yo nacimos.

Me decidí por este último y en 1970 –tenía ya 22 años –me casé con mi novia de siempre y con gran tristeza por separarnos de seres queridos y emoción por comenzar nuestro futuro, una semana después, nos vinimos a comenzar una nueva vida en Jerusalén.

Han pasado cincuenta años. Nuestro país pudo desarrollarse sorteando una infinidad de obstáculos, guerras, falta de riquezas naturales y una población muy poco uniforme. ¿Cuál fue el secreto de su éxito en esas condiciones tan negativas?  No fue y no es, como suele afirmarse, porque los judíos sean más inteligentes. Yo creo que la respuesta es que la necesidad llevó a Israel a adoptar políticas de estado en tres áreas diferentes y que las mismas, pase lo que pase, se conservan y no son cambiadas por gobiernos de turno: Defender el país de sus enemigos y tratar de lograr el reconocimiento y la paz con sus vecinos, incentivar la inmigración y utilizar la educación como una herramienta de absorción y de igualdad social.

Mi lealtad para con Argentina no cambió, es más, la hago pública en Israel, con orgullo. Me duele, sí,  la situación social, económica y política en la que se encuentra mi país de nacimiento y con el propósito de mostrar mi gratitud y compromiso con ella decidí confeccionar una “lista de los porqués”: ¿Por qué no podría el nuevo gobierno, sea cual fuere, definir políticas de estado a largo plazo como lo hicieron hace poco Israel y hace mucho Argentina?, ¿Por qué no fijar programas de educación que muestren resultados en diez y veinte años y reducir así las diferencias sociales, no construyendo más escuelas –dando clases en barracas si es necesario –sino organizando para los maestros cursos de adelanto profesional, planes de aumento de sueldo y dándoles un reconocimiento como héroes nacionales?… (me refiero a políticas educacionales como aquellas de Sarmiento, que en su momento estaban enfocadas en terminar con el analfabetismo, aunque adaptadas al siglo veintiuno), ¿Por qué no acoger como familiares a los inmigrantes venezolanos y sirios que han llegado y a los muchos más que todavía podrían llegar?, ¿Por qué un país con tanto espacio y recursos naturales no vuelve a esas políticas para alentar y acoger la inmigración, como en el fin del siglo diecinueve y principios del veinte?, ¿Por qué no facilitar la absorción de inmigrantes, ayudándoles, por unos meses a partir de su llegada, con el costo para alquilar una vivienda o para comprarla, o enseñándole el idioma a quien lo necesite, o dándoles cursos de adaptación profesional o facilidades para comprar un auto de manufactura argentina? ¿Se imaginan cuanto impulso le daría todo eso a la economía y al crecimiento del país?

 Europa le paga a Turquía miles de millones de euros por año para que no les envíen más inmigrantes sirios, ente los que se encuentran muchos profesionales y agricultores. ¿Por qué no a Argentina? Lo mismo puede hacer Estados Unidos para que Argentina absorba refugiados venezolanos.

Mi llamado para mis hermanos argentinos es para que se alejen de la grieta, empezando por reconciliarse con sus amigos y familiares del otro bando.  Marchen juntos para exigir a los políticos de los principales partidos unirse y para acordar un pacto de políticas de crecimiento económico y social a largo plazo. Sientan, como sentimos en Israel, que cada uno lleva al país sobre sus hombros.

Nota: Durante 30 años han arribado a Israel 150.000 inmigrantes de Etiopia que llegaron en estado de desnutrición alimenticia e intelectual. Hoy uno ya puede ver a sus hijos educándose, hablando un perfecto idioma hebreo, estudiando en las universidades, sirviendo como oficiales en el ejército, siendo electos como diputados en el parlamento, ejerciendo la medicina y siendo artistas. La población de Israel se multiplicó por diez desde su fundación, en 1948.