de Jorge Yariv


Llegaba a su fin la primavera del ’86, decenas de miles de espectadores, parados, colmaban las tribunas.  La cabecera norte, detrás de uno de los arcos, así como la sur y las gradas laterales del estadio estaban repletas de hinchas, muchos luciendo camisetas de fútbol, las de sus clubes preferidos.

Las había de Rosario Central y de Newel’s, de Boca y de River, de Racing y de Independiente. También, claro, de pinchas y triperos y quien sabe cuántas otras más. A la gran mayoría de ellas se las veía bien planchadas, olían a naftalina, lucían ajustadas, como si todas hubiesen sido compradas muchos años atrás. Los jugadores llevaban adelante sus rutinas precompetitivas mientras desde los cuatro costados bajaba, intenso y homogéneo, el aplauso del público, los vítores, los gritos con los que todos, haciendo caso omiso al color de la divisa que vestían, alentaban a los equipos por igual.

Cuando Maradona hubo terminado con sus malabarismos -el público se mantuvo encantado durante unos minutos -los veintidós jugadores se acomodaron en la típica formación “codo con codo”, con la terna arbitral al medio, y se procedió a ejecutar los himnos de los dos países.

Todo el Estadio cantó en voz alta, primero el argentino seguido por el israelí, ambos entonados con la misma fuerza y emoción mientras los jugadores contemplaban, sin salir del asombro, las tribunas. Es muy probable que muchos de ellos pensaran o se preguntaran: ¿qué fue lo que fumé ayer?

En un momento del amistoso, intenso, áspero, de poca calidad, el tanteador llegó a mostrar un empate en dos, aunque el resultado final fue, más a tono con los pergaminos y las expectativas por un futuro próximo, un siete a dos favorable a Argentina. De los cuatro costados de la cancha bajaban exclamaciones de júbilo, eran palpables, en el público, el entusiasmo y la alegría que la fiesta despertaba en todos.



Nota: Ese era el último partido de la selección de Argentina en la gira previa al Campeonato Mundial de Méjico, donde se coronaría campeón luego del gol con la mano de Dios y el triunfo, ajustado y memorable, en el partido final, sobre el representativo de Alemania. A partir de ese año el seleccionado Argentino hizo del venir a Israel una costumbre, casi una cábala, ya fuera en Jerusalén o Tel Aviv, para su último amistoso antes de una Copa del Mundo. Yo tuve la suerte de ser espectador en tres de esos partidos.