Desventuras y gozos de una brevísima carrera judicial

*Al formidable equipo del Juzgado Civil y Comercial 18,  a los inolvidables meses que pasé con ellos.                                      

No existiendo requerimiento alguno ni tan solo un motivo que lo justifique, adjunto el presente ad effectum videndi et probandi.

Miércoles 3 de octubre – RRPP y sonidista

  Hoy es mi primer día en el juzgado. Acompaño a Verónica, la Jueza, y a Victoria, la Auxiliar Letrada, a una video audiencia de vista de causa. Recorremos los pasillos de la planta baja del Palacio, “vos vas llamando a los testigos cuando nosotros lo indicamos, entran de a uno, testimonian, y los acompañás al retirarse ocupándote de que ingrese el siguiente. Tu tarea principal es acomodarles el micrófono, que les quede delante de la boca y a una altura adecuada” me baja línea Vicky, la Actuaria, “vos estate atento a eso, de la filmación me ocupo yo”.

El proceso se desarrolla en el marco de la oralidad, de acuerdo con lo establecido por el Proyecto “Justicia 2020”. ¿Los autos? “Fulano c/Mengano s/Acción Reivindicatoria”. Sí, leyeron bien, este humilde servidor soporta hoy sobre sus espaldas (a la manera en la que el sufrido Atlas lo hacía con el mundo) la enorme carga de convocar en orden a los expositores y cuidar con celo, además, todos los detalles que hagan al sonido. Resulta fundamental para el transcurso de la audiencia y las futuras decisiones que tenga a bien tomar Su Señoría (¡espero no se me olvide este concepto!), que a los testigos el micrófono no se les aleje nunca de la boca. ¡Menuda responsabilidad la que le tiran a este practicante de la Universidad del Este desde el primer día!

Faltan pocos minutos para el comienzo y vuelvo al pasillo para junar bien a los que ofrecerán su testimonio, si algo me preocupa es que se me empelote la convocatoria. Los llamo, me dicen sus apellidos, se presentan y uno de ellos, el último de la lista, un muchacho joven, me comenta que es médico, cambiamos algunas palabras y se entera que yo también lo soy.

La audiencia transcurre sin inconvenientes, es muy interesante e instructiva. Cuando finaliza su exposición acompaño a mi colega afuera de la sala. Apenas me asomo, se me acerca la primera testigo, Eloísa, una señora madura, verborrágica, la dueña de la exposición más rica en datos y fundamentada, se la nota radiante, creo adivinar que se siente orgullosa, que se imagina la estrella de la audiencia. Toda su cara es una sonrisa “Y doctor, ¿qué le pareció mi testimonio?”

Jueves 4 de octubre – Moviendo las caderas

El decano actual de los practicantes es Galo, un patagónico simpático y silencioso, a punto ya de recibirse, estudia en la estatal. En estos dos días lo he visto recorrer el juzgado con mucha suficiencia y está de más decir que para mí él, ya es poco menos que un profesor emérito. La que lo sigue en orden de antigüedad es Mica, ella viene de la católica, todos la llaman aquí por esa apócope, es quien me precede y lleva en este ejercicio cerca de seis meses. “Acá vas a encontrar todos los sumarios, por ahí guardamos los ejecutivos, allí las sucesiones…” comienza la pasante tratando de orientarme. Me alarga tres o cuatro expedientes que descansan sobre el mostrador, “andá dejándolos en letra” me indica, su dedo índice señala las estanterías de chapa, bastante abigarradas y demasiado cerca unas de otras.

Busco por las letras, ubico el primero, hago lo propio con el que lo sigue pero noto que con el tercero ya me cuesta encontrar la casilla, la presbicia comienza a pasarme factura, cabeceo, enfoco, localizo el lugar, me pongo en cuclillas y lo guardo, lo dejo en una pila a cinco centímetros del suelo e intento levantarme… “ahhh, la puta madre que las reparió”, puteo para adentro, “estas lumbares hijas de re mil putas” la sigo, “y las gambas también, la concha de la lora” redoblo, “esta chiquita no tiene ni idea que hace tres días cumplí sesenta y nueve”. “Del otro lado del pasillo tenés oralidad, y los primeros cuerpos…” la escucho a Mica que sigue como una letanía mientras me incorporo, con dificultades, trepándome a mí mismo sobre las rodillas. ¿En qué momento –me pregunto–caí abajo del tren?, ¿cómo no me di cuenta? Un presagio sombrío comienza a agigantarse dentro de mi alma: “tengo los días contados en la Mesa”.      

Viernes 5 de octubre – Atentado en la Mesa de Entradas Virtual (MEV)

Mi mujercita, canchera en el merengue judicial, ya me lo había anticipado “Te van a poner a hacer confronte”, “¿con… qué?”, “confronte gordo, verificar que el escrito que presenta la parte, sea una cédula, un mandamiento, edictos o lo que se te ocurra, esté confeccionado como corresponde, que no contenga errores”.

Hoy, María Elena, la Vasquita para todo el juzgado, me lleva hasta una computadora semiescondida en la Mesa de Entradas, coloca una pila de papeles sobre el escritorio y empieza con sus explicaciones. Lo hace con energía, con rapidez, señalándome algo en el escrito y al toque en la pantalla. Me pongo los anteojos, me saco los anteojos (¿por qué no me habré traído los de media distancia?), comienzo a experimentar algo parecido al mareo, advierto con preocupación que estoy muy cerca del ataque de pánico, pero lo disimulo, pongo cara de póker y trago saliva. Me apoya la mano en la espalda, es su manera de alentarme, me hace ilusionar por un momento con que descuenta que le he entendido, “arrancá despacito, yo vuelvo en un rato”.

Me quedo solo, solo de soledad absoluta y miro los papeles, miro la pantalla, vuelvo a enfocar la vista sobre el mandamiento e imagino que la muerte podría alcanzarme a avanzada edad tratando de recordar cómo carajo era que seguía esto. No soy de rendirme tan fácil, cierro los ojos durante unos instantes e inspiro profundo. “¡Vamos tigre!” me animo y una sonrisa brota de mis labios (es la fórmula a la que siempre apelo en medio de cirugías complicadas, cuando advierto que se me ha llenado la quinta de yuyos), “has salido airoso de cosas mucho más difíciles”.

Sacudo el mouse, desplazo el cursor de arriba para abajo, de derecha a izquierda, en todas direcciones, le amago a un casillero, lo engaño, me posiciono en otro… y después en otro, es el que me pinta y ahí nomás digito el número de causa, clickeo con el botón izquierdo y…

“¿Qué tocaste Albert?”, “¿qué tocaste?”, “¡Estás en todas las pantallas del Juzgado!”   No han pasado ni treinta segundos y ya la tengo a la Vasquita parada al lado mío, volvió como una tromba. “Ehhh…ehhh…ehhh”, me come la batata, se me lengua la traba. A mi lado, el Diego sería Cacho Fontana.

Miércoles 17 de octubre – A punto estuvo Milagros de lograr el ídem

Llevo dos semanas de practicantado (como legítimo esposo de una funcionaria de Personal de la Corte que soy, tengo vedado hablar de pasantía) y acá siguen empeñados en que aprenda el confronte. No quiero ser pesimista, menos un pájaro de mal agüero, pero me parece que es más factible que me cargue un durmiente en los hombros y me largue a correr e intente batir el récord platense de los cien metros llanos, tendría muchísimas más posibilidades. Le toca a Milagros tomar la bandera del voluntariado, pobre, se la ve tan confiada y lo menos que querría yo es defraudarla, y justo hoy que se celebra el Día de la Lealtad (no tiene un joraca que ver, dirán ustedes, y sí, es cierto, pero…).  Me siento a su lado en el escritorio “vamos a hacerlo juntos, vas a ver que es sencillo, es cuestión de práctica” me dice y la miro, la miro y sonrío.

Caigo en la cuenta que su pantalla se encuentra elevada como veinte centímetros (está colocada arriba de un cajón, ¡qué mala leche tengo!), me queda muy lejos. Me agacho y extiendo al máximo el cogote, a los quince segundos me incorporo y eso me obliga a mantener el cuello flexionado, en ningún caso tengo buena visión. Confrontamos un par de cédulas y mis cervicales comienzan a quejarse, me desconcentran, se me vuelve difícil incluso poner la fecha manuscrita con una lapicera. ¿Pero qué carajo me pasa?, ¿me estoy quedando paralítico? Mili le pone garra, me ayuda, me estimula, Pablo y la Vasquita están en su mundo, o se hacen los distraídos de puro misericordiosos. Betty, de tanto en tanto, me cruza una mirada compasiva, creo que nunca alcanzará a comprender hasta dónde me reconforta su sonrisa dulce. No paro de ponerme y sacarme los anteojos, debo de haberlo hecho unas doscientas veces en la última hora y estoy tan descoordinado que en un momento me clavo la patilla en un ojo.  Me ofrecen un mate, lo acepto, al rato llega el agua, ¡venga!, me aferro al vaso como un beduino en el desierto y estiro los sorbos, cualquier cosa es buena para cortar un poco.  ¿Pero cuánto falta para que sean las doce?

Estoy acalambrado de frotarme el cuello, ya casi no lo siento. “Esa era la última, Albert” me anuncia Milagros, su voz desata el Himno a la alegría de Beethoven, comienza a brotar música de todos los rincones del Juzgado, un coro de ángeles entona el cuarto movimiento de la Novena sinfonía y enfrente mío aparecen Julio y Adrián, a voz en cuello, colgados del marco de la puerta y detrás de ellos Carolina y Ale, abrazadas, en puntas de pie, cantando con todas sus fuerzas. Karina se suma a mis espaldas, tiene un registro incomparable, lo propio hacen Paula…y Jimena, con el pecho inflado.

Ariel, el barítono de la Mesa de Entradas, se incorpora al crescendo y ahora, además, ¡suenan trompetas celestiales!, gruesos lagrimones de emoción ruedan por mis mejillas, ¡qué cerca que estuviste Albertito! ¡Hiciste un gran esfuerzo Mili!, gracias, muchísimas gracias, te merecías un mejor resultado.

Martes a viernes, 23 a 26 de octubre – Un refugio abrigadito después de haber cruzado desnudo toda la estepa rusa acercándome casi al Paraíso

Me divierte Carolina, una de los tres Secretarios, me hace sentir muy cómodo, igual que toda la gente del Juzgado. Es súper protectora, una madraza (es todo aquello que un niño expósito, como el que sobrevive en mí después de los confrontes, podría haber idealizado).  Descontracturada, directa, me gusta el poder de síntesis que muestra a la hora de definir un tema, usa un vocabulario propio, despojado de toda sutileza “Vos te sentás acá, vamos a aprovechar que Ale está de vacaciones y hacé lo que vos quieras, ¡lo que se te canten las pelotas!, ¿me escuchaste?, ¿querés leer un expediente?, ¡dale!, ¿te gusta éste de daños?, ¡metele!, y guay del que se le ocurra decirte un carajo, ¿entendiste pendejo?” “Sí, sí, claro, como no te voy a entender” contesto cada vez más chiquito, acurrucado detrás el escritorio (me queda tan grande este lugar inmenso). ¡Qué protegido que me siento acá!

En esos días y a favor de la proximidad que hay con el despacho de Su Señoría, aprovecho para conversar con la Jueza, la consulto, me busca fallos, los imprime. La conozco hace muchos años, es una de las mejores amigas de Kiki, mi esposa, pero estos días me acercan de una manera diferente a ella, “Albert, sabemos perfectamente cómo sos, nos encanta que estés con nosotros y que podamos ayudarte en algo. Ya no tenés que demostrarnos nada, has hecho muchísimas cosas en tu vida, es hora de que disfrutes de cada momento, de que aprendas y te diviertas y sobre todo que lo pases bien compartiendo estas mañanas del Juzgado”. Vero es una amiga a la que quiero mucho, pero, por si eso fuera poco, es alguien a quien admiro, sus palabras me reconfortan, me tonifican, son un bálsamo, me llegan como una verdadera bendición.

Jueves 8 de noviembre – Un centrohalf de los de antes, de galera y bastón

Al regreso de Alejandra de sus vacaciones, un vuelo cortito y calculado me ha depositado en la más alejada de las oficinas, es el territorio de Karina, (otra de mis hadas protectoras, el sábado festeja su cumple, acaba de invitarme), de Paula, de Jimena.

No llevo demasiados días en este destino y aún sigo circulando por la Mesa y otras locaciones, pero mi crecimiento en este sector, en estas dos semanas, es indisimulable. Mi pequeña mesita (sonaría presuntuoso llamarla escritorio), mi humilde lugar en este cuartito reducido es altamente estratégico, crucial (pocas son las veces en que podré emplear con tanto acierto esta palabra). Estoy sentado en el medio, en el justo medio debiera aclarar haciendo honor a mis estudios de Derecho. No sé si ellas lo ven así, no estoy tan seguro de que capten lo mismo, pero, no tengo dudas, me he transformado en el alma, el centro facilitador de todo lo que aquí se despacha. No existe pelpa, carpeta, código, sobre de papel madera o lo que sea que no deba pasar, al menos un instante, a través de mis manos. “Albert, le alcanzas esto a Jime”, “Albert, serías tan amable de acercarme el código que está usando Kari”, “Tomá Albert, esta fotocopia pasásela a Paula”, yo revoleo los brazos sin moverme casi de mi asiento, sin marearme, sin levantar la vista de la causa que me ha tocado en suerte leer hoy, sin permitir que la espuma me suba a la cabeza. Lo hago como siempre lo he hecho, con la prestancia de un Federico Sacchi, con la seguridad de la que hacía gala Ernesto “el Pibe de Oro” Lazzatti o el toque elegante y exquisito de un Raúl Madero, con seriedad y modestia, sobre todo modestia, cumpliendo con absoluta idoneidad mi cometido. ¡Qué orgullosos estarían mis viejos! No soy de agrandarme con facilidad, pero… ¿si esto no es progresar? … ¿de qué estamos hablando?

Lunes 12 de noviembre – Un gesto que me fortalece

Soy un nabo, definitivamente no me avivo más. Pasan los años, uno va envejeciendo y cree, se engrupe a sí mismo, y da por supuesto que se las sabe todas. No es que sea tímido, pero me cohíbe la posibilidad de que mi entrada interrumpa algo del trabajo en el Juzgado, aunque solo lo haga para saludar. Tal y como yo lo percibo, ese ámbito es poco menos que un sanctasanctórum.

Es media mañana, son cerca de las diez, estoy leyendo una causa sentado en el escritorio de Jimena, hoy ausente, y entra en la oficina Alejandra, otra de las Secretarias. Alta, muy delgada, es dueña de un par de ojos vivaces y una expresión segura de sí misma. Me mira, parece sorprenderse al encontrarme acá.

–Perdón, ¿vos no saludás cuando llegás? –directa, sin ningún preámbulo. Me quedo congelado, atónito, creo que hasta balbuceo alguna incoherencia.

–Aquí todos nos saludamos   –me dice con amabilidad, aunque no exenta de firmeza –cuando entramos y cuando nos vamos –marcando bien las palabras como para despejarme cualquier duda.

Quiero esconderme detrás del expediente, intento explicarle que mi temor pasaba por cortarlos, por molestarlos quizás (a todos se los ve relajados, es cierto, pero, de manera permanente, súper ocupados).

Ya es la hora de salida del cole de Julián, junto mis petates y comienzo con la ronda de la despedida. Entro en la Secretaría, pegada al despacho de la Jueza (Vero no está en ese momento) y saludo con un beso a Caro, me doy vuelta, camino dos pasos y hago lo propio con Alejandra. “Hasta mañana” le digo y una sonrisa entre pícara y tímida me delata como a un nene que se sabe en falta. “Hasta mañana, Alberto” me contesta con la más dulce de sus expresiones, se ríe, sabe que he aprendido la pequeña lección, que no hay tarea ni ocupación que pueda posponer o interferir acaso el trato cálido y afectuoso que reina en este grupo. Sé también que a partir de hoy saludaré a uno por uno cuando llego y que no me iré, de ningún modo, sin repetir la recorrida. 

Gracias Ale, tu gesto termina de confirmarme dos cosas importantes: aún conservo alguna aptitud para el aprendizaje y no existe en mí ni un solo rastro de duda sobre mi pertenencia al Dieciocho. Ambas me llenan de alegría.

Miércoles 21 de noviembre – El expertise quirúrgico me suma jerarquías

Un mes y medio de practicante y “mi gira artística” va ganando espacios. Los últimos días los he pasado con Leandro en el despachito que se utiliza para llevar adelante muchas de las audiencias y entrevistas de las que a diario se tramitan acá. Es el último de los ingresos de este Juzgado. Oficia de correo, se ocupa de mantener la limpieza y otros menesteres como reponer materiales de las impresoras o repartir ejemplares de códigos y cosas por el estilo y, por si eso fuera poco, lleva adelante el escaneo y carga de documentos físicos, su correspondiente foliado, e incluso se las rebusca para atender algunas consultas de la Mesa. Me impresiona su capacidad, es muy joven, inteligente y súper responsable. No entiendo cómo en tan poco tiempo puede manejar tantas cosas, más aún, comparándolo conmigo me intriga como puede, además, entenderlas. Entre sus cometidos está también el de llevar o rescatar expedientes del cuarto de “Paralizados”, un archivo contiguo al Dieciocho que permanece cerrado con llave. Hoy lo secundo en un operativo, se trata de localizar un sinfín de causas que, depositadas en los polvorientos estantes del local, por alguna razón que no viene al caso, no han sido correctamente individualizadas. Nos instalamos a media mañana. Llevamos una estrategia de búsqueda anotada en papel. Él se mueve sacando paquetes de todos los güines, yo más limitado por mi puta lumbalgia armo y desarmo sobre una mesa enclenque sentado y haciendo equilibrio en un sillón inestable al que le falta una ruedita. A los jovatos como yo el desarrollo tecnológico, en general, no nos beneficia, no nos permite valernos de nuestras fortalezas. Soy del tiempo del papel, la cartulina, el hilo y la aguja. Lo clásico, en la Justicia, ha sido la costura, podríamos llamarla el cosido (asocio con cocido y pienso que hoy, como están las cosas, creo que no llegamos no digo a la paleta, ni al fiambrín llegamos, mucho menos que menos a la mortadela). Las dificultades, las demoras, los accidentes con punzones, los dedos pinchados han consagrado el uso de los ganchos, ¡mala suerte! Es el momento de exhibir mi habilidad y destreza a la hora de atar. Soy capaz de hacer muchos nudos sucesivos, a derecha o izquierda, con gran rapidez, sin soltar los cabos, utilizando ambas manos, es el fruto de años de práctica intensa en la cirugía (que bien me vendría tener puesto el barbijo con todo el polvillo que se está levantando).

 Si sumo a ello que he aprendido a distinguir, con los ojos cerrados, al tacto, dentro de un abigarrado manojo de llaves, la que corresponde a cada una de las puertas del Dieciocho, la conclusión se cae de maduro: Comprendo que Leandro no me lo va a decir, es un chico prudente…, sin embargo, nadie me lo puede sacar de la cabeza, yo ya me pruebo el merecido traje de “Subjefe de Paralizados”.

Martes 4 de diciembre – Apariencias que engañan

Hoy es día de nota, acabo de ingresar en la Mesa de Entradas (cosa que hago varias veces en cada mañana). Adelante mío, hace unos instantes, lo ha hecho Pablo, el Oficial Mayor. Un abogado joven reclamó su presencia y ahora le está hablando con un tono de voz bastante elevado y la actitud del que exige algo suponiendo encontrarse del justo lado de las cosas. Agita en su mano un expediente, lo hace con energía, exhibe un papel tras otro de los que van saliendo de su portafolios. La cuestión, según creo entender, pasa por reclamar alguna nulidad ante lo que se supone un incumplimiento procesal atribuible a la contraparte.     

  Vanos han resultado hasta este momento, parece, los intentos por aclarar el tema con Ariel, el encargado de la Mesa y con Mili y María Elena, dos profesionales jóvenes, empleadas del juzgado. El tipo, no bien aparezco en su campo visual, me dedica una mirada infinitesimal y sigue con lo suyo.

–Vea doctor, acá lo dice bien clarito el …

–No soy doctor –lo interrumpe Pablo, todo un caballero –Yo soy el Oficial Mayor.

–Perdón, le comentaba que el Código lo aclara muy bien, fíjese usted el ciento veinte (en obvia alusión al Procesal Civil) …ahí se define, de manera precisa, la obligación del traslado con copias… –mientras esto dice señala con el dedo uno de sus apuntes.

–Si…es probable… –interviene Pablo, haciendo gala de infinita paciencia. El reclamante, envalentonado, imparable, se le superpone y arranca otra vez. Es el preciso momento en que vuelve a mirarme y vaya a saber qué duda acaba de invadir su cabeza. Una imperceptible mueca de intriga se dibuja en su rostro. No obstante, aunque de manera más suave, persiste en su interpelación.

–Fíjese que la treintaitanto no sé cuánto –alude a una Acordada de la Suprema Corte –establece que … –se apoya nuevamente en mis ojos, yo no dejo de mirarlo fijo y un menos que mínimo cabeceo afirmativo de mi parte estoy seguro de que lo estimula, le hace elevar nuevamente la voz. Casi de inmediato levanto las cejas, como si le avisara que escondo entre mis manos el ancho de espadas y ese gesto mío se revela automático, su tono desciende, se hace más cauto, más pausado, pero la conversación, hasta donde yo puedo interpretarla, sigue empantanada.

–Bueno, traje todo esto anotado –muestra sus papeles, insiste con sus argumentos –soy joven y todos estamos aprendiendo… ¿no?… –nos interroga con una mirada omnicomprensiva, me sigue enfocando, busca mi complicidad y por qué no, de paso, mi aprobación. La duda debe carcomerlo: “¿quién carajo será el jovato parado enfrente mío?”, sabe de sobra que la titular es una jueza, mujer, lo mismo que las secretarias, pero este desconocido que lo escucha en silencio, que no se pierde una palabra ni le quita la vista de encima, que lo aprueba o desaprueba con sus movimientos de cabeza, “¿de dónde demonios habrá salido este viejo farolero de chupines rojos que no deja de mirarme fijo y que no abre la boca?”

La cosa sigue así durante unos minutos, no terminan de ponerse de acuerdo y el profesional, calculo un sub 40, oscila entre el reclamo perentorio y la cuasi disculpa, va de la filípica a la sumisión, dependiendo de lo que mis gestos le van transmitiendo. Con un cabeceo vertical de mi parte, afirmativo, se entona, con uno lateral y negativo, sofrena su pingo. Victoria, la Auxiliar Letrada, acierta a pasar por allí y ¡pumba!, es incorporada de inmediato al entuerto.

Otros letrados han ingresado a la Mesa y esperan su turno para ser atendidos. La solución no se deja ver, quedará el asunto planteado y pendiente de resolución. El abogado entiende que la cosa no da para más y uno por uno va saludando a todos con una inclinación de su cabeza, mantiene sus hombros encogidos en clara muestra de resignación. Comienza por Ariel, ubicado a su izquierda, sigue con Mili y María Elena, hace lo propio con Victoria y también con Pablo. Me enfoca, soy el último, su cara me dice que sigue intrigado y sin la menor sospecha de a quién tiene enfrente.

Le estiro la mano por sobre el mostrador, estrecho su diestra, lo atraigo hacía mí y sin soltarlo me acerco a su oreja.

–Encantado doctor, un gusto conocerlo, yo soy el practicante estudiantil –le susurro al oído asegurándome que los demás no escuchen. Le digo esto y la melodía de la Canción del estudiante de Pipo Cipolatti resuena en mi cabeza. Hago indecibles esfuerzos para reprimir la carcajada.

Viernes 8 de febrero – Jueces eran los de antes                                

Entro a la Mesa de Entradas y lo encuentro a Ariel cargando escritos con la lectora de barras, se lo nota molesto.

-Hola doc –me abraza muy fuerte, esa es su costumbre – ¿Te das cuenta que yo tengo que arreglar los líos que hacen los funcionarios?

-Y sí…, funcionarios eran los de antes – le contesto, siguiendo la corriente.

Del otro lado del mostrador, apoyada en él, una mujer de mediana edad, morocha, con el pelo recogido, no le saca de encima los ojos al expediente que tiene entre sus manos, se la nota muy concentrada en eso. No alcanzamos a distinguir con claridad su cara, está tres cuartos perfil de espaldas.

-Los funcionarios de antes eran otra cosa… –repite Ariel, dejando ver su bronca.

-Por supuesto, me acuerdo cuando yo era juez –esta mañana tengo un aspecto “bien profesional”, de acuerdo con lo que cabría esperarse de un abogado entrado en años. Visto pantalón azul de casimir, camisa celeste príncipe de Gales sin corbata, saco azul claro, tirando a celeste, dos botones, moderno y zapatos negros bien lustrados.

– ¡Claro!, ¡ahí tenés!, esto no habría pasado jamás cuando vos eras juez.

La mujer, al otro lado del mostrador sigue en lo suyo, parece no escuchar, tampoco levanta la cabeza, sigue sin mirarnos. Insistimos.

-Vos sí que eras un juez duro, …de los de antes…

-Y sí, me acuerdo de esos tiempos, fueron muchos y muy difíciles, ¡eh!, nunca voy a olvidar los despelotes que teníamos en aquella época -La mujer parece detener su atenta lectura, al menos eso es lo que yo imagino, para la oreja.

-Sin embargo…, -prosigo –tené en cuenta que antes de ser juez, lo que se dice juez, yo estuve primero varios años en la línea y que por lo general me tocaba el solferino, muy raras veces lo hacía con el banderín amarillo. En el referato me han puteado hasta quedarse afónicos, es cierto, pero en la raya de cal, como te imaginarás, la pasé mucho peor, no terminaban nunca de escupirme, ¿sabés como llegabas al vestuario?

-Claro, me acuerdo, vos eras de la época de Castrilli, ¿no?, más o menos…

-No, no, antes, yo soy del grupo de Arturo Andrés Iturralde, de Humberto Orestes Dellacasa, de un Guillermo Nimo. ¡Qué pedazo de jueces aquellos! Con seguridad recordás cómo hablaba Nimo, ¿no?, “¡Por lo menos, así lo veo yo!”

La mujer cierra el expediente, lo deja sobre la mesa, nos dedica una mirada cargada de interrogantes, debe suponer que está escuchando mal o que el par de chiflados que tiene enfrente quieren reírse de ella. Se retira sin saludar, sin siquiera un gesto, ni un solo comentario.

Lunes 25 de febrero – Tejiendo sociales en los pasillos del Palacio

Los actores reclaman incumplimiento de contrato, daño material, psicológico, moral… afectación de la tranquilidad del abuelito y la estabilidad del Universo, la chancha, las veinte y la máquina de hacer chorizos, además.

Augusto pilotea la audiencia (son los escarceos previos a la Preliminar). Hace ingentes esfuerzos: el acuerdo, la conciliación de las partes, es un norte esperable. Es el turno ahora de la demandada representada aquí solo por su abogado, un tipo alto, de cuidado bigote, enfundado dentro de un impecable traje azul. Se lo nota canchero, suficiente, “tengo varias audiencias esta mañana y desde ya lo que usted me plantea, para mi cliente, es inaceptable”. Augusto, el tercer Secretario, no es de rendirse fácil, conoce de sobra las ventajas de llegar a un arreglo, cerrar un expediente en esta instancia equivale a un triunfo, sabe que le está vedado emitir opinión, pero le busca la vuelta dentro de lo posible, sugiere en lo que puede, insiste. Yo permanezco sentado a su lado, mudo, casi oculto detrás de la pantalla de la computadora, observando todo lo que acontece en esta sala menos que diminuta.

Algo en mi aspecto le llama la atención al boga (¿le asombrará ver a un viejo con pantalones rosa?), me mira, “es practicante estudiantil” aclara el Secretario, “es médico”, completa. Entra Caro y se saludan como lo harían dos viejos conocidos, “déjate de joder fulano, lo que te plantea el Secretario para ustedes no es nada” el patrocinante opone tibia resistencia, “ahora hablamos con la actora y esto se termina hoy mismo, ya vuelvo”. Augusto nos pide que despejemos la oficina, necesita aclarar cosas con la contraparte. Salimos al pasillo, el abogado no para de hablarme, es bastante más joven que yo, se nota que le sobra experiencia en los tribunales. “Yo quería ser médico, estudiar medicina, pero…al final…toda mi familia se dedica al Derecho”. Hablamos un buen rato, a la pasada menciono a Kiki, la conoce hace años, me pide que le dé sus saludos, ya parece olvidado del tema que lo ha traído hasta el Dieciocho, la charla se pone plomiza, invento una excusa, pido disculpas, me escabullo.

Pasa un rato largo, Mica me localiza en Paralizados “¿dónde te habías metido, Albert? Hace como media hora que te estamos buscando”, “¿Eh?”, “Sí, la audiencia terminó, arreglaron, pero el doctor no se quería ir hasta no saludarte…te está esperando”.

Martes 5 de marzo – Aprovechándonos de su inocencia

Son sus primeros días en el Juzgado. Carina es practicante por la Universidad Católica y desde el comienzo me conquistó su simpatía, su sonrisa franca, la educación que muestra en sus gestos. Me ha comentado que le restan rendir unas pocas materias para alcanzar el título y tengo la sensación que, en poco tiempo, veremos en ella a una abogada competente. A las cualidades que les menciono se agregan una buena dosis de inteligencia y cultura general, lo he comprobado en las pocas charlas que hemos mantenido.

–Alberto, además de médico, es escritor –le advierte Ariel que es, sin dudas, de los mayores agentes de prensa con los que cuento dentro del Dieciocho. Carina me mira, levanta las cejas, muestra sorpresa y, ¿por qué no?, algo de admiración, estamos los tres en la Mesa y no hay público en ese momento.

–Bueno, hoy cualquiera puede ser escritor, eso no dice demasiado – aclaro sin necesidad –De todas maneras, veo que te gusta leer, mañana te traigo un libro mío.

–Gracias…–parece dudar –¿cómo es tu apellido?

Vacilo unos segundos, lo miro a Ariel, la miro a ella con mi mejor cara de señor mayor (que lo soy) y le contesto sin que se me contraiga un solo músculo en la cara               

 –…García Márquez…

 –Ahhh… –Pobre Carina, esa no la esperaba. El factor sorpresa le juega en contra y solo descubre que es víctima de una broma cuando Ariel suelta su carcajada.

Miércoles 6 de marzo – Cumpliendo con lo prometido

Para cuando yo llego, Carina, como de costumbre, hace rato que anda por la Mesa. Saco de mi portafolios un libro y se lo muestro, a la distancia, lo agito para que lo advierta.

–Lo que te prometí –le digo mientras pongo en sus manos “Cien años de soledad”, la celebérrima obra del colombiano. Me mira y ríe con ganas, resignada…es demasiado buena y está empezando a conocerme. Segundos después, como corresponde, le entrego un ejemplar de mi modesto “Luz Magenta”, al que no le falta, eso sí, una dedicatoria escrita con muchísimo afecto.

Jueves 11 de abril – Reportaje en el estribo

Último día en el Dieciocho, llega a su fin un ciclo que me quedará marcado a fuego en la memoria. Me sorprende, al llegar, la cantidad de móviles de radio y televisión estacionados en la cochera de calle 47, me mando por las escalinatas sobre calle 13, decido mostrar bajo perfil, el escándalo mediático no es lo mío.

Llegado a la puerta de servicio, la que utilizo con habitualidad, me sale al cruce un reportero de Judiciales Rock & Pop, para el programa de la Negri Vernacci.

–Albert, ¿que nos puede comentar de lo hecho en este semestre?

–Bueno, bien, muy conformes, el expediente se distribuyó con criterio, creo que cumplimos con lo que nos pidió Su Señoría y bueno, a Carolina y Ale las vi muy enchufadas y está Finochietto, que es un zurdito interesante, y te corre bien la banda con Vicky tocando de primera, y así los fallos llegan.

–Y en cuanto al confronte, Albert, lo vimos con algunas dudas, ¿que nos puede decir?

–Bueno, la verdad masticando un poquito de bronca, creo que merecimos un poquito más ahí con Mili y con la Vasqui, se jugó bien, el mate circuló, Betty y Pablo acompañaron y siempre muy respaldados por Julio y Adrián que hicieron un muy buen semestre, bueno, en fin, la pantalla me quedó un poco alta y me costó definir, pero pienso que, con trabajo en la semana, de esto se sale, no tengas dudas…

–La prensa coincide en que lo mejor suyo fue lo que hizo en el medio, ¿fue así?

–Sí, ni hablar, es así como decís, con Paulita, con Kari, jugamos de memoria y yo la toco siempre, eso es importante para agarrar ritmo y si hay que meter se mete y a la hora de poner el pecho, siempre te aparece Jime, ni hablar…

–De todas maneras, déjame decirte que un punto fuerte nuestro estuvo en la mesa, Ariel se atajó todo, es una fiera y cuando tuvieron que entrar los pibes, Leandro, Carina, Mica, Galo, todos distribuyeron de primera las causas, no erraron una letra, tenemos que seguir concentrados.

–Y para el futuro, Albert, ¿Qué nos puede adelantar? ¿sigue en el Dieciocho?

–Bueno, mirá, de eso se está ocupando mi representante, la doctora Cardoso, no nos vamos a apurar, creo que tenemos ofertas de afuera y pienso que un parate nos va a venir bien para recargar pilas, ¿viste?

–Buenos, muchas gracias Albert.

–No, gracias vos.    

                                      oo&oo

Llegado a este punto es mi intención aclarar que lo expresado ut supra constituye casi todo cuanto puedo aportar de estos inolvidables meses compartidos en el Juzgado Civil y Comercial 18. Si algo me hubiese quedado en el tintero, cúlpese a mi modestia y mi bajo perfil que no me han permitido revelarlo como corresponde.

Dios guarde a V. S.    

* Dedicado a Carolina, Alejandra, Adrián, Julio, Betty, María Elena, Pablo, Milagros, Paula, Jimena, Karina, Augusto, Victoria, Ariel, Leandro, Galo, Mica, Carina y por supuesto a Verónica, la titular, mi amiga, que me posibilitó esta rica experiencia. Tengan ustedes la certeza que los llevaré siempre en mi corazón.