a propósito de la larga crisis argentina

En septiembre de 1984, en los últimos días del verano, Shimón Peres asumió como primer ministro del Estado de Israel, momento en que ese joven país vivía un verdadero colapso económico que amenazaba con la destrucción interna.  El día que ocupó su cargo, la tasa de inflación anual llegaba a un tremendo 400 por ciento. Después de diez años de disfunción económica, la moneda, el séquel, estaba a punto de perder todo su valor.

Hasta 1970, desde su creación en 1948, el PBI per cápita se había cuadruplicado mientras que la población se había multiplicado por tres. Fue el resultado de una gran inversión gubernamental para construir los cimientos del Estado, desde la vivienda a las carreteras, la red eléctrica y los puertos. Pero en los años 70 las cosas empezaron a cambiar. El Ejército tuvo que llamar a filas a miles de reservistas para repeler el ataque de la Guerra del Yom Kipur, lo que provocó un estancamiento en el sector privado. Después de la guerra Israel incrementó en gran medida su presupuesto de Defensa. Ese gasto, unido a un nuevo programa social muy ambicioso provocó un enorme déficit presupuestario. Al mismo tiempo, los miembros árabes de la OPEP impusieron un embargo de petróleo a todos los países que habían ayudado a Israel durante la guerra, lo que desencadenó una recesión global, y el estancamiento que frenó el crecimiento terminó en altísima inflación. En 1983 la Bolsa de Tel Aviv se desplomó y cuatro de los cinco bancos de Israel tuvieron que ser nacionalizados para evitar su quiebra.

A pesar de las dificultades, el sector tecnológico, no obstante, seguía avanzando, aunque el resto de la economía se había estancado. Las penurias económicas sembraron el pánico y, casi todos los días, había manifestaciones y protestas en las calles. Durante la campaña electoral Peres pidió a un grupo de expertos en economía que elaboraran un plan para frenar la sangría. Cuando recibió la propuesta, el plan de acción, entendió que se enfrentaba no solo a un desafío económico sino también a una prueba de liderazgo. La única vía para estabilizar la economía requería sacrificios de los distintos sectores, aunque no de manera equitativa. El país estaba atrapado en una red de intereses contrapuestos, por un lado, los sindicatos y su defensa de los trabajadores, por el otro las empresas y para terminar de empeorar todo, el abultado gasto público y la presión de los funcionarios de Gobierno que estaban a favor del ajuste siempre que el mismo no afectara sus propios presupuestos.

Ya al frente del Estado, realizó gestiones personales en Estados Unidos, su principal aliado, para obtener un préstamo de 1.500 millones de dólares al tiempo que apuraba febriles gestiones con representantes de los sectores del trabajo y los empresarios. Estas dos corporaciones, por su parte, no creían que el Gobierno estuviese dispuesto a hacer su propio sacrificio: una reducción radical del gasto en todos los Ministerios y departamentos. Shimón Peres llegó entonces a la conclusión de que, si el Gabinete no demostraba que estaba dispuesto a tomar decisiones estrictas y difíciles, no podía esperar que los sindicatos y las patronales hicieran lo mismo. Tenían que ser los primeros en actuar. La ayuda económica extranjera solicitada fue aprobada, aunque sujeta al cumplimiento de metas estrictas, en primer lugar, una extensa lista de reformas estructurales y presupuestarias. Esto, lejos de generar una dificultad adicional, suponía, en opinión del primer ministro, un alivio y una descompresión, ya que el plan, duro y exigente, sería más aceptable para empresarios y trabajadores si se lo presentaba como una exigencia estadounidense y no como una política autónoma de las autoridades locales.

Llegado a este punto, y con grandes divergencias entre los distintos funcionarios se llegó así a la decisiva sesión de gabinete donde debería votarse la aprobación del plan.

– Señores, va a ser una sesión muy larga. Mañana por la mañana tendremos un plan económico –advirtió Peres-, o dimitiré y no habrá Gobierno.

A continuación, se dedicó a repasar, uno por uno, cada presupuesto ministerial al tiempo que señalaba los programas que se recortarían. Las sesiones continuaron durante toda la noche, hasta la madrugada. Algunos ministros se quejaban del cansancio.

– Un ministro israelí no duerme –dijo Peres -. En la guerra pasamos noches enteras debatiendo; un ministro debe mantenerse despierto.

En un momento dado, un funcionario se quedó dormido mientras se hacían los recortes en el presupuesto de su Ministerio. Incluso roncaba.

Por fin, veinticuatro horas después de empezar, la oposición renunció a su estrategia de dilación y pudo someter el plan de recortes a votación. Quince ministros votaron por la aprobación, siete se opusieron y tres se abstuvieron. En la mañana del 1 de julio de 1985 se emitió un comunicado en el que se describía el programa que se acababa de aprobar. El primer ministro, satisfecho, se decidió a anunciarlo al pueblo israelí esa misma tarde. Sin embargo, ya en el estudio de televisión dispuesto para la transmisión en directo al país, el discurso debió ser suspendido. La Histadrut, la central de trabajadores, nuestra CGT, había llamado a un paro general que, de no superarse, condenaría todo al fracaso.

En las siguientes semanas se sucedieron arduas negociaciones. Al final se llegó a un acuerdo; los sindicatos suspendieron la huelga y aceptaron a regañadientes el programa mientras el Gobierno se comprometió a que una vez que la economía se estabilizara haría todo lo posible por mejorar los niveles de vida.

En menos de un mes se pudieron ver los frutos del trabajo oficial. En agosto de 1985 la inflación sufrió un descenso asombroso, hasta situarse en un 2,5 por ciento. Antes de fin de año se había estabilizado en un 1,5 por ciento, y siguió bajando. La tasa de desempleo aumentó poco más del 1 por ciento, nada comparado con la gran subida que se había temido. Con el tiempo el plan sería alabado en todo el mundo, y las mejores universidades lo analizarían en artículos y conferencias.

Nota: Shimón Peres ( nació en Polonia -hoy Bielorrusia- en 1923 y murió en 2016) fue uno de los padres fundadores de Israel y – durante más de seis décadas- el arquitecto de su transformación. De ser un Estado frágil a convertirse en una potencia mundial. Emigró a la tierra de Israel a la edad de once años, dejando atrás parte de su familia, que sería asesinada en el Holocausto.

* elaborado sobre la base del libro “Soñar sin límites” de Shimón Peres, Ed. Nagrela 2018. A quién le interese abordar el intrincado tema de la construcción de un Estado, le recomiendo con entusiasmo su lectura.