Recibí hoy un curioso relato donde se cuenta la decisión de Dios de hacer que el Lapacho, de cualquier especie, fuese el único árbol de los que conocemos capaz de florecer en medio del invierno. Hermosa es la historia de estos ejemplares como lo son también sus flores, de variados colores.
Me dejó pensativo, me sirvió también para reflexionar cuánto de madera habita en nosotros y cuánto de ella modela nuestra esencia. Cuando nacemos y en los primeros años solemos ser livianos y también flexibles, figuramos un mimbre. Sin embargo, al ir entrelazando nuestros destinos con otros semejantes, se nos hace posible adquirir la firmeza. Cuando la vida nos problematiza, nos llenamos de rollos o de nudos como el pino chileno y si no somos capaces de encontrar senderos ni marcar un rumbo, probablemente terminemos en corcho, sí, nos mantendremos a flote, pero será difícil que no nos arrastre la corriente y nunca faltará quién nos denigre al señalarnos con un dedo incisivo: ¡alcornoque!
Mis viejos fueron unos robles, madera de primera si las hay, de espíritu fuerte y generoso, llenos de nobleza y hábitos saludables. No tengo dudas de haber heredado buena parte de esa genética privilegiada y no me quejo de lo que me ha tocado en lo físico, aunque una lumbalgia cada vez más rebelde me hace sospechar que mi columna y mis otros huesos han de ser fruto tierno y almibarado para los xilófagos como la termita. Y yendo a las costumbres, no nos ha faltado en la familia quien mostrara en sus rasgos más afinidad con el palo borracho, mienten quienes dicen estar a salvo de ello.
Por último, para cerrar esta breve especulación acerca de nosotros y nuestra propia fibra, confieso que me enciendo fácil, a la manera en que lo haría una vulgar madera de cajón y que soy capaz de arder como el quebracho, que al fin y al cabo “uno no es de fierro” diría el finado Augelli, un simpático paisano de Mar del Sur al que todos conocían por su apodo, Varilla. Y esto sin perjuicio de que alguien, con despecho, pueda decir hoy que este viejito ya no calienta a nadie.
Que quien esto escribe se muestre rollizo, que se haya confundido en algún entrevero sacando a bailar a una traviesa y haya tropezado feo, o se haya pegado un buen palo, ¿quién no?, en el aula, en el quirófano o en algún potrero, no da derechos a llamarlo tronco y mucho menos que menos, zoquete. No señores, no habré sido un puntal, lo admito…pero tampoco un burro. Es que a la hora de hablar de estaciones y pétalos uno, que se sabe ya instalado de manera confortable y definitiva en el invierno, no pierde, obstinado, la esperanza de seguir dando frutos o al menos, cual lapacho, mostrar el colorido encanto de sus tardías flores. Y llegado a este final, con humildad y franqueza se los ruego, ahórrense los comentarios, no soportaría que se haga más leña del árbol caído.
Genial, Alberto, una visión única. Tenía una amiga Marta Grillo que escribia poemas relacionados con la naturaleza y recuerdo que se refería al Tala, como pensativo apoyado en el alambrado, contemplando.
Imagen que me queda grabada y aflora cada vez que ando por el campo
Muy buena imagen la del Tala, pensativo, apoyado en el alambrado
Abrazo grande Jorge!!!
Me encanto tu relato y me maravilla tu frondosa especulación
Gracias por compartirlo
Tengo conmigo un libro tuyo que me dedicaste . Lo atesoro con emoción
Gracias querida Silvia!!! Si el relato iba de madera y lapachos parece bastante atinado que mi especulación se mostrara frondosa (me encantan las asociaciones y juegos de palabras, jaja)
Valoro muchísimo lo que me decís.
Cariño grande!!